A la Presidenta de la Comunidad de Madrid: Cristina Cifuentes

A la Presidenta de la Comunidad de Madrid: Cristina Cifuentes

Buenos días, señora:

Verá, la vida es bastante difícil para los que caminamos a pie. Somos mayoría y trabajamos nuestras horas para poder llegar a una situación más o menos estable –a veces ni siquiera digna-. Para poner una línea más en su curriculum, usted quería un máster de posgrado de Derecho Público del Estado de las Autonomías por la Universidad Rey Juan Carlos. Y como los títulos deben de conseguirse en su posición con más facilidad que el resto de estudiantes que acuden con asiduidad a las clases, usted logro ese máster sin acudir presencialmente a las clases. Según sus declaraciones: “lo había hablado con los profesores dado mi cargo”. Y le dieron su título con la presentación de un trabajo. Hasta aquí, lo que usted ha asegurado. Según el jurado que supuestamente le dio un 7 y medio, las firmas que aparecen en su titulación son falsas y en su casa no aparece –“tengo montones de papeles”- ese trabajo que le daría la digamos “legalidad” de su máster. Pienso -es una opinión mía- que si fuera así de fácil tener un máster, la mitad de los universitarios que terminan su carrera harían los trabajos necesarios para no gastar tiempo y dinero -mucho dinero para su precaria economía- en un máster. Al fin son los padres quienes pagan ese plus académico. Pero eso es otra historia. En este país hay muchos que han tenido la misma suerte que usted. Títulos gratuitos.

Lo que no imaginaba que cualquier día en cualquier lugar se podía descubrir lo que hizo, porque nadie se iba a enterar de que no lo hizo. A fin de cuentas, nadie se iba a ocupar de cuándo se matriculó en su famoso máster y cuándo lo terminó. Hasta que alguien – ¿quién fue? – frunció el ceño y… “¿cómo fue que yo estuve en ese máster y a esa señora no la vi?

Por su dignidad –dada la extraña situación –creo que hasta que se aclarare el tema tendría que dimitir. Pero usted, señora Cifuentes, insiste que no dimite como presidenta de la Comunidad de Madrid –“porque tengo el honor de pertenecer a un partido con miles de honrados”, ha dicho en Sevilla- No dimite, aunque no conste en ningún sitio el acta fin de grado, tampoco ha sido remitida la memoria de ese trabajo fin de máster y no se puede garantizar que la defensa del trabajo haya tenido lugar. Además, usted no se acuerda ni del tribunal. Cada uno de nosotros tenemos en la cabeza los nombres y caras ante los que nos hemos tenido que examinar, ya mayores, al menos después de terminar una carrera universitaria Sin embargo se permite la chulería de decir: “¿Qué culpa tengo yo de que los responsables universitarios hagan excepciones a las normas que rigen para cualquier mortal? Si buscan un culpable miren a la universidad que se saltó las reglas”. Ciertamente hay universidades que se saltan las reglas.

Uno de sus compañeros del PP ha manifestado: “No se puede mentir con más sinceridad”. La frase es genial.

Creo que este preámbulo es más o menos lo que en este momento está ocurriendo.

*Tener una carrera y no ser universitaria

Pues verá, señora, lo que cuestan cosas más sencillas como recuperar un título después de haber estado en la Universidad. Perdóneme que hable de mi situación personal, al fin siempre termino hablando de lo que sé con certeza. Disculpe.

Hace muchos años, tengo más años que usted, terminé mi carrera de Periodismo en la Universidad de Navarra. Había hecho mi tesina fin de carrera y aprobado una reválida – durísima, con un tribunal de la Escuela de Periodismo madrileña –la Universidad de Navarra es privada- y entonces era necesaria esa convalidación de los estudios de Periodismo. El Tribunal, creo que venía incómodo y posiblemente –quizás ideas de estudiantes asustados-  con idea de suspendernos.

En aquel tiempo, Periodismo era Periodismo, y no Ciencias de la Información.

Me casé y a los tres años salió una ley que obligaba a tener Preuniversitario. Yo hice Bachiller Superior porque para estudiar Periodismo – y otras muchas carreras- no se exigía Preuniversitario. Los que estábamos en mi situación pleiteamos, pero después de gastar mucho dinero, perdimos y nos encontramos ante una situación paradójica. Era periodista, pero al no tener Preu, no me servía ni la convalidación de Madrid, ni la carrera terminada.

En ese tiempo salieron los exámenes de acceso a la Universidad para los mayores de 25 años. En Pamplona nos ofrecieron la posibilidad de estos exámenes. Yo no tenía edad. Muchos de mis compañeros se presentaron en la Universidad de Navarra y en vez de ser aprobados –como era lo lógico- les suspendieron a casi todos. Permítame que opine: fue una situación humillante y hasta degradante para la universidad. Realmente tenía que haber puesto Apto, porque los presentados, hacia años, habían estudiado allí. En fin, yo también vi situaciones que prefería no haber visto. Seguro que, a usted señora, le hubieran dado la papeleta de Apto sin presentarse.

Felizmente no fui a examinarme a Pamplona, me parecía más lógico hacerlo en Bilbao, además aún no tenía la edad exigida.

Cuando cumplí 25 años, estaba esperando un hijo. Así, embarazadísima, me inscribí en la Facultad de Económicas de Bilbao, al examen de acceso a la Universidad. Las técnicas habían cambiado. Los exámenes eran una especie de test que desconocíamos.

Nos presentamos 128 y, cuando terminé el examen, tenía autentico complejo de imbécil. Primero porque no sabía lo que había hecho y segundo porque me sentí absurda después de haber estado en la Universidad y haber terminado una carrera, hacer un examen para entrar en la universidad.

Aprobamos trece. Esas trece gloriosas personas, para conseguir esa posibilidad de ingreso en la Universidad, tuvimos que asistir a un cursillo. Lógico, teniendo en cuenta que muchos de los que se presentaron conmigo no habían hecho más que los estudios primarios. En ese cursillo –obligatorio- nos iniciaban en la filosofía, la geografía, la historia…

Era septiembre y sólo hacía unos días que había nacido mi hija Susana. Ni el saber que estaba amamantando a un hijo, me libero de ir. Pedí dispensa a los profesores, alegando que lógicamente esas nociones las tenía sabidas y aunque –aseguré, con amabilidad- me encantaría asistir a sus clases, no podía por la crianza de mi bebé. Conseguí que me libraran los profesores de historia, francés y geografía. El profesor de filosofía se negó y me obligó a asistir a unas soporíficas disertaciones sobre quién era Aristóteles, Sócrates y Platón. Además, pasaba lista para saber si estábamos los trece.

Una tarde de sol –las clases eran a unos horarios incomodísimos- se puso a llover de improviso y comenzó un frío inexplicable en el mes de octubre. Cogí una mastitis por culpa del cursillo y estuve gravísima. Acabaron mis clases y me dieron mi certificado de asistencia. Luego tuve que matricularme en Ciencias Económicas. Con este título ya era universitaria y podía estar inscrita en el Registro Oficial de Periodistas. Esto ocurrió en 1972 y mi título de Pamplona data de 1967.

Después –y ya porque me dio la gana- hice otro tipo de historias, nuevos trabajos de tesina (todos reales) y pagué 89.000 pesetas (no existían los euros) como nueva matricula a la universidad de Navarra para convalidar cuarto y quinto curso. Cuando yo estudié era ingreso, tres años, tesina y convalidación de Madrid.

Resumiendo, ahora soy graduada y licenciada en Ciencias de la Información y no sé qué cosas más. Creo que sólo me falta el doctorado.

Como se puede imaginar, señora, en esta carrera de obstáculos, cualquier día me preparo para este último título. Seguro que entonces usted sigue buscando un trabajo que nunca hizo, pero, seguro también, que lo encuentra en el disco duro de los asuntos pendientes.

Le deseo éxito en esa búsqueda.

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