¡Ay, Esperanza de mi vida!

Esperanza Aguirre. Esta mujer prepotente que nos hizo creer -¡somos ingenuos!- que se retiraba de la política para cuidar su salud, atender a sus nietos y ocuparse más de la vida familiar.

En el correo del ordenador había un mensaje que ponía esperanza. Una esperanza con mayúsculas y prometedora. ¿Qué me anunciaba? ¿Quién me escribía? Debo decirles que soy muy insensata, y este e-mail estaba en la bandeja de no deseados, pero rauda y veloz he abierto el mensaje. Era de esperar esta extraña esperanza. Lo que me ofrecían era aún mas tentador, pero ya entrábamos en el terreno resbaladizo. ¿Quién no quiere cambiar su vida?, anunciaban con letras grandes.  La verdad es que al escribiente misterioso le hubiera dicho que yo no tengo ningún interés, aunque he seguido y, ahí estaba la clave: ¡un vidente!. Un vidente me prometía el oro y el moro –totalmente gratis- si ponía mi fecha de nacimiento y algún etcétera más que ya no seguí leyendo, ni para informarme. Esto de los videntes es como un virus. Al salir de la estación del ferrocaril –ya van tres veces- un caballero de color me dio un papelito con una dirección y un teléfono para adivinar mi futuro. Era, según contaba el panfletillo, un vudú blanco. Nada de rituales raros que… ¡vaya usted a saber! porque me he metido en un montón de berenjenales sin salida, con futurólogos, echadora de cartas, adivinos… En fin, un rosario de insensateces que me ocuparon en algún tiempo la cabeza con fantasmas. Y fíjense si serían fantasías, una gitana me dijo que me veía un futuro feliz y que iba a tener tres hijos. Y, en aquel entonces, ya tenía seis.

Esperanza más seria es la que se vive con fervor popular. Mientras usted lee estas líneas en todo el país está desfilando el paso de La Esperanza. El color verde y blanco de hábitos de cofrades llena las calles, con rosas y claveles, cánticos y tambores, mantillas de blonda y ojos brillantes –algunos con lágrimas en las pupilas- de piadosa devoción. En Zamora, hasta las niñas pequeñas lucen peineta; en Triana, los gitanos cantan saetas llamándola guapa; en Oviedo es la Virgen de los estudiantes, y los jóvenes van detrás de la imagen; en Elche desfila bajo las palmeras con manto dorado; en Huelva han hecho coplas especiales para la madre de Dios… La Virgen de la Esperanza pasea avenidas, calles y callejas amparada por el cariño de los fieles. Es bonito ese dejarse llevar por la multitud rezadora, con la confianza de pedir muchas veces por pedir, porque  rezar es pedir.

La esperanza me inspira mil bondades. Esperar con esperanza es una doble palabra que hace cosquillas en el corazón, porque esperamos ser felices, esperamos el futuro, esperamos ser padres, esperamos ser abuelos, esperamos hacer un viaje, esperamos disfrutar como  gourmets un día de vacaciones y esperamos  dormir bien todos los días del año. Esperamos ver siempre la vida a través de un cristal verde-esmeralda  y que, todos los males de esa vida, se queden fundidos en este color de hierba y mar en el que queremos estar.

Hay muchos padres que envuelven en estos deseos el nacimiento de una hija y le ponen de nombre Esperanza. Precioso. Llamarse Esperanza es como tener el futuro abierto. Pero… siempre hay un pero en el entorno que nos rodea que fastidia el paisaje. Ahora cada día que leo la palabra esperanza, veo inmediatamente detrás a la señora Aguirre. Esperanza Aguirre. Esta mujer prepotente que nos hizo creer -¡somos ingenuos!- que se retiraba de la política para cuidar su salud, atender a sus nietos y ocuparse más de la vida familiar. Nada de eso, amigos. La ex ministra Aguirre y ex presidenta de la comunidad de Madrid, ex presidenta del Parlamento y un montón de ex ilustres más, no dejó la política ni un solo minuto de su vida. Como los toros bravos se preparaba para envestir, para torear en el ruedo y llevarse la oreja del matador. Con la cara de la empollona de la clase y la modestia de una catequista vestida por Dior, Esperanza Aguirre volvió a la política sin haberse ido. Y ahora, como nada le parecía suficiente, ha atropeyado la moto de un representante de la ley, se enfada porque tardan en ponerle una multa -¡que ni soñando pensaba que le iba a ocurrir semejante vulgaridad!- y manda a un escolta para que la pague, porque ella tiene que resolver para los madrileños cuestiones mucho mas importantes. ¡Ay, Esperanza de mi vida! La convivencia no es así. Los que esperan tienen que hacerlo, como ciudadanos de a pie, cuando infringen las normas. También -aunque sean famosos- tienen que esperar que les atiendan en una ventanilla. Me temo que esta señora, en la próxima infracción que cometa, enseñe su distintivo, como la placa de los policías. Profesión: política.

–       Señores – les dirá- están ante un ser intocable. Pero ¿no me conocen? Soy Esperanza Aguirre.

Pues verán, la historia apenas hubiese trascendido, hubiese sido una más de las muchas multas de tráfico que ocurren todos los días  a miles de ciudadanos –públicos y privados-, pero la dama se ha empeñado en justificar su actuación de numerosos formas desvergonzadas. Hasta ha utilizado su edad -¡una sexagenaria no es peligro público!, ha dicho con tono irónico- sin darse cuenta que un tanto por cierto muy alto ronda los sesenta años y no tiene ninguna cláusula que diga: No multar, este señor está al borde de la jubilación.  Claro que no es la única, en un pueblito de Orense, Banda, de 2000 habitantes, el sargento Grande puso el año pasado mil multas cuando antes de llegar él, en el mismo tiempo, se ponían cien. Recientemente, el empleado municipal tuvo que reprimir sus excesos en cumplir el orden publico porque Ana Belén Vázquez, diputada del PP en el Congreso, aseguró que ella “aparcaba donde le daba la gana” y fue multada por el sargento. El pobre sargento ha sido acusado de “exceso de celo”.

La vida… Viendo las procesiones y a las damas con mantilla –preciosa la Esperanza Aguirre con su blonda- pienso que es muy preocupante cuando se une la religión y la política. Tienen que ir paralelos, como los railes del tren, porque cuando se cruzan se organizan los nudos de cambios de sentido. Pero tanto la Iglesia como la política tienen verdadera pasión por las mezclas. Rouco Varela habla de la unidad de España y Alberto Ruiz Gallardón de la moralidad del aborto. Por supuesto el divorcio –ley civil del estado- es pecado mortal ¡Que se lo digan a la princesa Letizia que sufrió su calvario particular al ser una mujer divorciada! Don Felipe, católico y creyente del matrimonio único para toda la vida, no podía aceptar semejante desliz. El periodista Jaime Peñafiel decía en un articulo que el rey le había dicho al príncipe que “nadie puede decir que ha dormido con la reina”. La Iglesia y la política unidas se encargaron de limpiar el asunto. Pero no todo se puede blanquear con una capa de pintura. El obispo de Sevilla, Rubén Sanpiterno, ha declarado que, en su diócesis, para casarse los contrayentes –es decir la novia- tendrá que presentar un certificado de virginidad. Y luego decían de los gitanos y sus costumbres ancestrales. Ya veo a un sacerdote de turno confirmando en persona si el himen de la dama está sin romper.

¡Ay, Espe, que futuro más negro nos trae tu partido!

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