Desde la residencia

Estoy aplaudiendo en mi habitación. Sola. Sé que nadie me oye. El personal sanitario está ocupado. Más ocupado que nunca en su vida. Cuando entran en la habitación para hacerme rehabilitación o traer el desayuno, sonríen como si aquí no pasase nada. Saben que la residencia -todas las residencias- es un lugar de riesgo, aunque, ya qué más da, el virus es un monstruo de mil cabezas que llega sin avisar. Entra por dónde le da la gana, por las ventanas, por las juntas de los muebles y hasta las grietas más escondidas del suelo. Es el rey del mundo, no podemos huir porque siempre nos encontrará la dama del alba, esa eterna visitante que ahora tiene cara de coronavirus, como la medusa, si le cortan una culebra de su pelo, nace otra y otra. No hay ningún Perseo que le arranque la cabeza sin mirarle a la cara para que muera. Dicen que Medusa era una sacerdotisa hermosísima de Atenea, los dioses estaban enamorados de ella. Poseidón, dios del mar, la violo y Atenea, enfurecida por la perdida de la virginidad de Medusa, la convirtió en Gorgona con el pelo de serpientes y los ojos ardientes; si alguien los miraba moría. Pero Perseo le cortó la cabeza y, de su sangre nació Pegaso, un caballo blanco alado, y galopó por el cielo con sus alas extendidas. Necesitamos que venga Pegaso con un montón de vacunas en sus lomos. Que llegue antes de que nos mire el virus y no podamos escondernos en ningún rincón, por muy oculto que esté en el universo. El coronavirus sabe que puede descubrirnos en Samarcanda. (En estos largos días de cuarentena, pueden leer la mitología griega y los cuentos de Las mil y una noches, allí encontrarán a Perseo y a Samarcanda)

El virus elige sin previa selección, a quien le da la gana. Ahora, los auténticos guerreros son los médicos, las enfermeras y los auxiliares. Ellos son los héroes de esta historia de miedo, los que van en primera línea. Desde mi cama los veo diariamente, estoy aquí, en la residencia Loramendi, porque los dioses se despistaron el 21 de febrero. Un chico de 15 años me atracó para quitarme el bolso, me empujó y me rompió la cadera. Después de operarme de urgencias en Urduliz, me hicieron un sitio  y me trajeron a esta residencia. Era donde mejor podían moverme con una grúa, porque en seis semanas no puedo apoyar el pie en el suelo.

Cuando llegué, el coronavirus estaba en el espacio de la nada. No existía. Ahora doy gracias a Dios por encontrarme aquí, ser periodista y  poderles decir a todos ustedes que hay santos que no conocía y estaban a nuestro lado. Van de una habitación a otra sin tiempo para descansar. No he visto una mala cara en las semanas que llevo aquí. “Tranquila- me dicen- es nuestro trabajo”, pero nadie les contó que podían ser mártires en este mundo laico que se había olvidado del más allá. Para siempre recordaré a los Javier y Juan, a los Piero y Borja, a las Cristinas e Itxaso, las Saloas y Eider, las Vanessa, Mari Carmen y María Ángeles,  las Inés y Marías, las Nurias y Catas, las Inés y Ichurre, tantas mujeres y hombres repartidos por hospitales, clínicas y residencias.

También, quiero recordar, igual no se han dado cuenta, a mis compañeros periodistas que les informan cada día, de los caminos por dónde va este monstruo con mil cabezas. Pido otro aplauso, aunque solo sea uno. Los periodistas somos mucho más que los rapaces ladrones de las intimidades de los famosos.

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