Disculpen, soy mujer

Para que te aprecien necesitas hacer mucho… para que te desprecien basta un error

“Nada es mas despreciable que el respeto basado en el miedo”. Esta frase de Albert Camus resume todas las reivindicaciones del día de la mujer trabajadora. Hemos crecido a lo largo de la historia con sensación de temor y, nos hemos hecho mayores así, con la continua amenaza que nos aplasta. Cuesta sudores de sangre revindicar el derecho a la creación –una creación artística, no biológico- porque el mundo ha girado en torno a la maternidad olvidando otros valores. Hemos sido el saco de los golpes y de los insultos y, a nosotros, mujeres, se nos ha pegado con “normalidad” ese desprecio soterrado. Un tópico que sigue sirviendo, aunque se repita mil veces, “tenía que ser mujer”. El tenía que ser como burla a nadie parece sorprender. Tampoco llaman la atención frases como “si me pongo ese vestido mi marido me mata” o “si la comida no está cuando llega de trabajar me echa de casa”. Una realidad para un tanto por ciento elevadísimo de la población femenina.

Como cada año llega el 8 de marzo, el día de la mujer trabajadora y, como cada año, no sé qué decir. Alguien afirmaba que lo último que uno sabe es por dónde empezar. Cierto. Somos las más inteligentes, las más sensibles, las más trabajadoras… Pues sí, es verdad. Pero también hay caballeros inteligentes, sensibles y trabajadores que no tienen que demostrar que lo son. El problema, nuestro problema, empezó hace tantos y tantos años que es difícil cambiar la mentalidad cultural, social y religiosa de tantos siglos de oscurantismo. La negatividad se ha pegado con naturalidad a muchos varones que consideran a la mujer una posesión personal. En este siglo XXI siguen asesinando diariamente por violencia de género a mujeres. Muchas de las que no llegan a morir, sufren una continua violencia de lenguaje. Desprecios que pasan desapercibidos porque llega un momento en que la mujer ha de fingir que no le importa. En mi agenda recogí una frase, no sé quien la dijo, exclusivamente para la mujer: “Para que te aprecien necesitas hacer mucho… para que te desprecien basta un error”.

En el día de hoy se escribirán muchos alegatos sobre la importancia de la mujer en el mundo y pocos de igualdad real. Esa tomadura de pelo que nos ha subyugado con sus cantos de sirena. Hombres y mujeres somos iguales a la hora de trabajar. Cirujanos, jueces, periodistas, políticos, empresarios… Para “demostrar” esta similitud se pone un calificativo femenino, como si con la simpleza de una letra cambiara el fondo.

En el camino de la literatura

El hombre en la literatura no se debate, porque escribir no es una cuestión de sexo. Es una forma de ser. Si yo soy mujer, escribo como mujer. Pero para la mujer escritora –creo que en casi todos los ámbitos profesionales parecido- ha sido difícil el camino.

¿Saben ustedes que los primeros poemas datados hasta ahora son de Enheduanna? Esta mujer, hija de un rey de Mesopotamia, fue suma sacerdotisa del dios luna en el año 2285 antes de Cristo. Sus poemas se encontraron en tablillas en Ur. Siglos después (580 antes de Cristo) Safo de Lesbos fundó una academia femenina donde enseñaba arte, canto, danza y literatura. Amó a hombres y a mujeres –algo muy normal en la Grecia clásica- pero su nombre entró en la leyenda negra porque toda la poesía que se conserva está dedicada a Artemisa, diosa del amor.

La historia de la mujer en la literatura ha sido complicada. En la Edad Media la misoginia era lo normal. La mujer era el primer enemigo del hombre –“demonio tentador”- con el dinero y los honores. El ideal medieval era esposa y madre o convento. Felizmente, rescatada de la noche de los tiempos, nos han quedado las preciosas cartas de Eloísa a su amado Abelardo. Son la primera manifestación de rebelión. “Mas que esposa –escribía Eloísa- preferiría ser su amante y concubina”.

La mujer que quería ser algo más tenía que encontrar formulas “no prohibidas” para desenvolver su capacidad artística. Leonor de Aquitania, las beguinas, Madame Staël, Hildegard de Bingen, las trovadoras del amo. Mujeres que para escaparse de su realidad cotidiana, escribían de temas tan perniciosos como el amor verdadero, no el matrimonio concertado. Soñaban con Tristán e Isolda, la Tabla Redonda, Avalon y las hadas. Era un camino tortuoso, pero Cristina de Pizán fue la primera mujer que vivió de escribir y Leonor López de Córdoba la primera que escribió en primera persona un texto autobiográfico.

La revolución literaria femenina llegó a España con la santa de Ávila en el siglo XVI, aunque, mientras Santa Teresa contaba su vida, Fray Luis de León, en el mismo tiempo, escribió “La perfecta casada”. En aquel libro, obligatorio de leer para una joven esposa, se enseñaba que “la mujer puede aprender a leer sin olvidar sus deberes domésticos. No puede escribir porque nunca jamás puede saber más que el hombre y, (además) ha de permanecer siempre en silencio”.

Santa Teresa, fue perseguida por la Inquisición por tener el capricho de escribir. Una mujer era espiritualmente inferior. En aquel tiempo las mujeres que no eran brujas –las brujas eran más o menos libres, se reunían entre ellas en los aquelarres- eran putas. Parte de sus obras fueron quemadas públicamente.

En el mismo tiempo, finales del siglo XVI y principios del XVII, María Zayas y Sotomayor escribió sus novelas amorosas y ejemplares, “el Decamerón español”. Lo prohibió la Inquisición.

En el siglo XVIII, Madame Staël, creó su corte literaria, como Safo y Leonor, y solía vestir de hombre para “no llamar la atención”. En el siglo XIX Mary Shelley, la dulce y bella Mary Shelley se hizo editora para publicar los poemas de su esposo. Un día -¡bendito día!- que hablaba con Lord Byron, el poeta le dijo: “todos tenemos que contar alguna vez una historia de fantasmas”. Y Mary nos dejó para siempre a Frankenstein. ¿Sabe usted que Jane Austen escondía lo que escribía debajo de su cama por la vergüenza que le ocasionaba escribir. Y que Charlotte Bronte guardaba sus escritos en los cestos de las patatas?

Mientras “Cumbres borrascosas” se embadurnaba de tierra de patatas, otras mujeres se escondieron detrás de un nombre de varón para poder publicar sus escritos. Cecilia Bóhl firmaba Fernán Caballero. María Lejarreta con el nombre de su marido.

Hasta el año 1784 no hubo una mujer en la Academia de la Lengua, fue Isidra de Guzmán, famosa erudita de temas piadoso. Dos siglos después, en 1978, llegó Carmen Conde. Después de veinte años, Ana María Matute. Hoy, de 46 sillones hay seis mujeres.

8 de marzo. Desde el más allá Tagore me da la mano para decir que “tengo mi propia versión del optimismo. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá, no importa lo oscuro que esté el presente”.

Seguiremos.

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