El cisne negro de Txurdinaga

Según la mitología, el cisne negro no existe. Es un ser raro e imposible, que permanece en el sueño.

Los cisnes me fascinan. Son etéreos, bellos, elegantes, distantes. Son los aristócratas del agua. Parecen la encarnación de dioses y héroes. El cisne se asemeja a un ser inalcanzable que se pasea distraído sin fijarse en nadie, porque en él mismo –sin duda es soberbio- encuentra su poder. Su halo fantástico ha servido como inspiración a compositores de música que han convertido a estas aves acuáticas en notas y en bailarinas de ballet.

Según la mitología, el cisne negro no existe. Es un ser raro e imposible, que permanece en el sueño. Dicen que, por su rareza, se llama cisne negro a todo lo inalcanzable y casi imposible. Nassim Nicholas Talab en su libro “El cisne negro” se refiere a estos cisnes como hechos inesperados. Cuando ocurren grandes acontecimientos y logros históricos se les llama cisnes negros. Internet, la Primera Guerra Mundial, los Ataques del 11 de septiembre… son cisnes negros. El término cisne negro es una expresión latina que proviene del poeta Juvenal, rara avis in terris nigroque sillillima cygno (un ave muy rara en la tierra y muy parecida a un cisne negro) Juvenal creía que ese ave nunca existió. Era como una fragilidad del pensamiento. Un algo que pudo ser o no ser, pero, a veces, es y sucede. En el siglo XVI, en Londres, era una declaración de imposibilidad, porque los ingleses pensaban que todos los cisnes han de ser blancos. Esta creencia se tambaleó cuando Willem de Vlamingh (1697) descubrió cisnes negros en Australia. Era la imposibilidad posible. Pues verán, según estas teorías, los bancos y las empresas comerciales son muy vulnerables a eventos peligrosos tipo cisne negro y están expuestas a pérdidas superiores a las pronosticadas por los modelos defectuosos. Este tema ya es más complicado y se llama “el cuarto cuadrante”. Una historia no tan mítica que me recuerda mucho a las tarjetas negras.

Las tarjetas negras es algo muy parecido al dinero negro, el que no se declara en Hacienda por el motivo que sea. Generalmente por evasión fiscal. Este concepto hay que blanquear. Algo impensable en un cisne negro, a no ser que pase por una tintorería de animales. A los pollitos de Pascua –recién salidos del huevo- los sueles pintar de colores. Pueden ser rosas, azules, verdes, según el gusto del niño a quien se regala. Los pequeños ignoran que a estas posibles mascotas temporales las hornean con una tintura que les hace sufrir, pero no les asa. El problema del dinero negro -un término que desaparece este año del Diccionario de la Real Academia Española, cambia definitivamente por dinero sucio- es que discretamente hay que lavarlo o ocultarlo, evitando las entidades bancarias, o gastarlo en bienes que no dejen rastro fiscal. Estos bienes pueden ser un viaje Vip, la compra de un piso, una sede… Por supuesto sin decir de dónde procede ese misterioso dinero que lo puede todo

Aseguran que sólo hay en España unas 300 personas que tienen esta mágica tarjetita. Yo creo que hay muchas más. Algún directivo famoso, ahora -mientras usted lee este periódico- estará guardando su tarjeta en una caja fuerte inexpugnable.

Me distraigo con esta actualidad pegajosa. Vuelvo al principio. Hoy quería hablar de cisnes, y en “El lago de los cisnes” hay un cisne negro. Un cisne que ha pasado a la historia del cine con el rostro de Natalie Portman dirigida por Darren Aronojky.

¡Qué cuento más largo! –pensarán ustedes. Pero hasta el pasado más fantástico puede tener un eco real en el día a día de nuestra vida. Bilbao tiene su propio cisne negro, quizás porque también los cisnes nacen donde les da la gana. ¿Saben dónde hay una rara avis? En el parque de Txurdinaga. Un cisne negro que está esperando que le mimen. Me lo dijo Fidel, un taxista veterano, en un viaje largo, mientras nos contábamos los avatares cotidianos, anécdotas de viajeros y pequeñas confidencias. Fidel me confesó su secreto. “Tengo un cisne. Es mi cisne”, Y me lo enseñó. Lo llevaba en su teléfono móvil. “Mi cisne negro”. Y hubo un segundo de silencio. Uno de esos segundos mágicos en que pasa un ángel y se detiene el tiempo. “Mi cisne –le dije sorprendida- es blanco, pero este negro es precioso”. Y lo sostuve en la mano admirando su belleza. Tenía un porte señorial, las plumas negras brillantes y…Miré sus ojos. “Están tristes –afirmó comprendiendo mi sentimiento Fidel- es porque vive solo. Está en el parque de Txurdinaga. Hace dos años se murió su pareja y desde entonces nada mustio y solitario. Mi cisne es hembra y, aunque he pedido al Ayuntamiento un macho para que le acompañe, nadie me hace caso. Lo entiendo a medias. ¡Es tan raro que alguien haga una petición tan extraña! Un cisne negro. Voy a verle casi todos los días. Le acompaño un rato y le llevo lechuga, ¿Sabe que a mi cisne, lo que más le gusta es la lechuga?”.

Le miro con ternura. Lo sostiene un rato dentro del móvil y lo guarda en el bolsillo. El cisne negro necesita un compañero para ser feliz.

Ser feliz. Un cisne tiene derecho a ser feliz. A veces las circunstancias cambian el destino, pero todo vuelve y el cisne negro de Txurdinaga tendrá otro cisne para ser feliz. No sé dónde se compran cisnes, pero lo voy a intentar. Todo es posible hasta lo más imposible. Lo digo por mi experiencia. El poeta Luis Cernuda decía: “Algún día seré todo lo que he soñado”. Y yo, sigo caminando entre las letras y pensando que querer es poder. Les pido perdón por hablar continuamente de mí, pero es que el jueves, día 30, en el Hotel Carlton a las 8, Juan Ignacio Vidarte, director del Museo Guggenheim, presenta mi novela “La dama del cisne” en Bilbao. Mi cisne, como una rara avis, no pudo volar el 4 de junio porque ese mismo día yo entraba en el quirófano para una operación de cáncer de pecho. Ya ha pasado el susto. En estos días en que se celebran distintos actos por el Día del Cáncer, me gustaría decir, a todas las mujeres que viven una experiencia como a mía, que del cáncer se sale. Es como un mal sueño, pero cuando te despiertas te das cuenta que has vivido un cisne negro (un susto inesperado que antes no tenía solución) y que ese cisne puede seguir nadando. Primero suavemente –es extraño- y luego con la misma soltura de los cisnes capaces de lanzarse hasta el medio del lago sin miedo a la distancia.

Mi paladín. Juan Ignacio Vidarte, ha esperado el fin del verano para que este otoño mi cisne blanco pierda el miedo a la soledad. Os invito a todos los lectores a iniciar la nueva andadura de “La dama del cisne”. Como si fuera una danza, mis palabras van a bailar. Todos los cisnes –del color que sean- están envueltos en poesía. Katty Phetla, una bailarina de color se ha convertido en la gran interprete de la “Muerte del cisne”. Cuando Tchaikovsky compuso para la solista Anna Pavlova esta preciosa composición, difícilmente pudo pensar que un cisne negro de Sudáfrica iba a ser uno de los más bellos cisnes del mundo que danzando con su música.

Mi inspiración se va hasta un dios del Olimpo, Zeus. Por su amor a Leda se convirtió en cisne. Leonardo da Vinci despertó a Leda de sus años de sueño, y ahora, mi cisne –Leonado- presenta a su dama de la mano del máximo representante del mundo del arte en Bilbao, Juan Ignacio Vidarte.

Gracias a todos por venir –si venís- y por leerme si os quedáis en casa.

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