El equinoccio de septiembre

Volver a escribir es como soltar una caja de canicas de colores. Todas buscan una esquina dónde quedarse quietas.

Creo que las letras de mi ordenador también están un poco temblorosas, no saben qué decirme ahora que yo pretendo decir cosas con ellas. Siento que tintinean perezosas, como las estrellas. El día de San Lorenzo fui a La Arboleda para ver la lluvia de estrellas fugaces. Vi seis. Una tan luminosa que llenó de luz la campa donde nos habíamos sentado. Alguien dijo que cuando se ve una estrella fugaz, significa que la estrella se muere. Sentí pena, aunque quedaban muchísimas en el cielo. Pedí seis deseos para mis hijos y mis hermanos, porque no se puede pedir a las estrellas deseos personales. Entonces –quizás por nuestro egoísmo- no se cumplen. Ahora espero que pasen los días para recibir las buenas noticias que me han regalado las Persiades.

En septiembre el mundo está equilibrado. El día 23, es el inicio del equinoccio de otoño. En todos los lugares de la tierra, es la única fecha que tiene las mismas horas de día que de noche. En la Edad Media, este comienzo estaba bajo la protección del Arcángel Gabriel. Los griegos creían que Deméter, la madre tierra, comenzaba su época de melancolía porque tenía que volver con su esposo Hades, el invisible, al que no quería, seis meses cada año por haber comido seis granos de granada. Pero después de este tiempo, volvía con guirnaldas de flores y traía la primavera.

En el Gobierno de este país de nuestros sustos, cada ministro se ha debido de comer la granada entera y no hay mitología capaz de explicar qué pasará. Hay un susto especial para un día sí y otro también, y llegar con equilibrio a ese día 23 parece una tarea imposible.

Creo que el otoño que viene va a ser frío, helador.

Los políticos, en algún despiste imperdonable, han debido de conjurar a algún brujo (a una estrella seguro que no) para realizar un hechizo complicado: la quimera de hacer una carrera universitaria en dos meses, una tesina en tres días o un master en una semana. Estamos hartos de las aventuras y desventuras de esta gente que demuestra su incompetencia por poner una línea más en sus datos personales. Nada es nuevo en el panorama docente. Siempre ha habido gabinetes dedicados a estos menesteres porque los alumnos “no tenían tiempo”. Hay muchos hacedores de milagros con la misma rapidez que cruzan el cielo las estrellas fugaces. Según el trabajo, es el precio. Hay una señora jubilada en Madrid que está dedicada a hacer este tipo de vudús. Es capaz hasta de preparar, por un módico precio, un proyecto de fin de carrera de Arquitectura. Es jubilada, tiene 60 años y saca anualmente un sobresueldo de unos 10.000 euros.

No son leyendas urbanas.

Creo que los ministros están estos días medio locos buscando entre los papeles, los justificantes, si existen, de sus estudios universitarios. La titulitis ha aguado los brillantes puestos del panorama político. Me temo que en Navidad tendremos que pedir al Olentxero un gobierno nuevo, sano y, a poder ser, con un curriculum vitae cortito, pero de verdad.

Todos los periódicos, revistas, televisiones, programas especiales y noticieros hablan de lo mismo. Estoy francamente preocupada por los estudiantes -también se dice continuamente- que asisten y pagan con su tiempo y el ahorro de sus padres, estudios importantes para poder acceder con más sabiduría al mercado laboral. Deben de estar desolados y pidiendo a gritos que dimitan profesores y directores que han permitido impunemente este despropósito.

Por cambiar de tema, lo que me preocupa y hasta me quita el sueño –bueno sigue zumbando como un mosquito de noche-, es dónde irán los benedictinos que cuidaban el descanso eterno del Caudillo.

Tanta misa solemne les ha tenido que dejar un espíritu de grandeza ajeno a la orden de San Benito, quizás se hagan algún monasterio discreto cerca de las cenizas del Generalísimo. Un lugar cualquiera después de tanta inmensidad y boato parece una vulgaridad fuera de esta historia. Una historia de humor negro que hemos hecho entre tanto marquesado de Franco, Carmencita, sus noviazgos y sus fuera de lugar romances tardíos, en las revistas del corazón. Normalmente, estos familiares tenían que haber huido, por lo menos a Paraguay con los nazis, cerca del lago de Ypacaray. Allí se refugiaron el ángel de la muerte y compañía. Según la canción el tono del agua donde vivían los mandatarios de Hitler, era muy azul y, mire usted, tanto repetir la historia del mausoleo, por asociación de ideas, veo a Doña Carmen Polo caminar por el agua gris plomizo, como un fantasma con las mantillas negras, arrastrando los inmensos collares de perlas.

El otoño será gélido. Comiendo granadas o sin probar un grano.

La vida sigue… y nunca pasa nada.

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