El Presidente, un mago de los ojos tristes

Siento que no quiero llegar porqué no sé lo que voy a encontrar y voy a elegir.

 

En un rumor de voces oigo una frase que se repite y me preocupa. Estás en mi partido aunque no te hayas dado cuenta. Pero –dice usted–, “¿si caminamos en distintos senderos?”. Ya, y al mismo paso. ¿Cuál es su ritmo? ¿Sabe, en lo más profundo de su corazón, si usted es de derechas o de izquierdas? ¿Se cree demócrata o radical? La memoria nos engaña, porque la memoria se escribe con una tinta que se destiñe y se puede borrar en el papel de la historia. Nuestros recuerdos son distintos. Yo puedo recordar orden y usted represión. Yo pienso en violencia y usted puede añorar la dictadura. Si le digo que el Estatuto no se ha cumplido, es posible que me llame separatista. Así somos de distintos y estamos igual que hace años diciendo que todo ha cambiado. Nos dan migas de pan, como a los pajarillos, y nos atragantamos. Vivimos con Madrid una historia de desamor con un vacío. Los siglos nos han tratado como han querido, porque la vida no es justa. Los sueños nos mantienen. Los sueños son como piedras preciosas de una joyería. Miras el escaparate y sabes que difícilmente podrás comprar el brillante transparente que te quedará perfecto en el dedo. Al fin, en una bisutería, compras una circonita que guarda en su interior el deseo de ser brillante. Aunque nadie lo sepa –las imitaciones son geniales–, íntimamente los ojos buscarán encontrarse con la diminuta y purísima luz de la realidad.

El Partido Popular ha transformado los brillantes en circonitas. Piedras falsas que lucen al sol con el primer rayo y luego se hacen opacas. El Presidente Rajoy se ha convertido en el mejor alumno de su antecesor José María Aznar. Este gallego sabe lo que quiere y lo hace con la ayuda de algunas meigas misteriosas que, entre sus torpes palabras, pueden engarzar ideas brillantes. Don Mariano, con su mirada huidiza de ojos tristes, ha conseguido borrar de un plumazo la libertad de pensamiento. Se ha propuesto unificar el paso de las ideologías para hacer un frente común contra Cataluña. Ha sido valiente –¿?–, ha tenido cintura para entrevistarse con casi todos los partidos. ¿Quién le iba a decir a algunos despistados, con un padre republicano, que iban a estar representados, en su propio partido, por un monárquico convencido? ¿Quién iba a pensar que el PSOE y el PP, aunque cambien aparentemente sus discursos, iban a defender lo mismo? ¿Quién iba a imaginar –una voluptuosa sofisticación– que intereses económicos iban a inventar un nuevo partido conservador para desviar y luego sumar, el número de votos?

Nos hemos subido al tren del futuro con todas las estaciones iguales. Hemos entrado en noviembre uniformados. Los discrepantes son nacionalistas, separatistas y rojos comunistas judeomasones. El mal es un demonio anónimo que conspira contra la Constitución, la unidad de España y el bien común. Nos queda la última estación de este año. Elecciones –dice el rotulo–. Vamos juntos con un billete en la mano. No va a pasar un revisor para saber si hemos comprado el ticket, porque nos han regalado a todos el mismo y va con nosotros en el bolsillo al lado del carnet de identidad.

Pues ya ve, tengo miedo. Siento que no quiero llegar porqué no sé lo que voy a encontrar y voy a elegir. No me gusta el paisaje y prefiero no bajarme del tren. ¿Quién nos va a mandar? ¿Quién va a ser el maquinista capaz de llevarnos a un país de Nunca Jamás donde todos seamos felices? Usted sabe, como yo, que ese país no existe. El futuro –nuestro futuro político inmediato– está decidido antes de que introduzcamos nuestro papelito en la urna. En ese calidoscopio –casi sin cristales disonantes, porque se van a limar previamente– se intentará unificar un tono. Supuestamente se mezclarán los colores para elegir el que más nos guste, pero nosotros –ni usted ni yo, ni el señor que pasa por la otra acera– hacemos el brebaje mágico. Un elixir que un alquimista sin nombre para que nos quedemos de nuevo dormidos. Somos marionetas dirigidas por un guiñol que no vemos. Somos polichinelas en manos anónimas. Estamos idiotizados. Vivimos una democracia tutelada. Tan tutelada que no somos conscientes. Si un político sube un palmo del suelo –posiblemente sea un peldaño de una endeble escalera– al momento los anónimos romperán la magia y cortarán el hilo que lo mantenía en el aire. Siempre habrá polvo que impida la ascensión. Parece imposible llegar a líder con transparencia. Que se lo pregunten a Pujol…Todo es sucio, como la justicia. Aquí ser juez es lo mismo que portero de una discoteca. Cada noche abre el local para quien quiera entrar y, cuando pasa su horario laborar, cierra y cobra su sueldo a fin de mes. Por favor no le pida cosas raras (quién ha pagado por entrar sin edad y quién ha cobrado servicios ilegales) porque el juez no sabe, no contesta. Sólo obedece al que manda. ¡Cuántas corrupciones se amontonan sin solución o con soluciones precarias!

Siento que me alargo como un chicle interminable. He abierto un cuaderno que tiene cientos de páginas y no sé resumirlo. He encendido un ordenador con muchas letras y no sé teclear, porque lo que quiero decir es nebuloso. El actual Presidente asegura que estará “incondicionalmente o no tanto” para lo que queramos a través de su portavoz. Los avatares de este señor me han dado que pensar. Sus actuaciones me siguen intrigando, son las mezclas hechiceras de su extraño poder en la sombra que ha elegido su cara. Me intriga, me enloquece. No hay ninguna novela de aventuras capaz de inventar un héroe tan sublime, original y amorfo. Un James Bond sin carisma pero dispuesto siempre “a lo que sea” para estar el primero. Es difícil encontrar un adjetivo oportuno para calificar su imperfecta perfección. Su presencia desgarbada, su sonrisa ladeada, sus ojos como lentejas ardientes –¿de qué color es su mirada? – su frialdad, me tienen aturdida. Las descripciones del Sr. Rajoy son tan numerosas que difícilmente puedo igualar a los maestros del periodismo que ya le han dedicado miles de artículos. Siento que su presencia ha vuelto a llenar mis folios. Y me preocupa, porque lo que pensamos no es lo que hablamos. La vida política ha ocupado nuestro sitio en las conversaciones cotidianas. Hablamos tanto de los demás lejanos que poco a poco nos olvidamos del día a día. Los bailes de un señor o una señora del Gobierno son capaces de llenar una tarde de absurdos comentarios. Quién fue antes quién después, qué intención tenía esa música y esos pasos desenfadados –previamente ensayados– en un plató de TV. Al fin la anécdota difumina lo importante, pero en el fondo siempre hay un porqué difuso. La realidad es que el Presidente de los ojos tristes, con gafas que siempre se caen sobre la nariz, ha conseguido pasar sobre las brasas de la corrupción sin quemarse ni un dedo del pie. Es absurdo que el Sr. Barcenas dé nombres y apellidos, fechas, sobres entregados, fiestas pagadas… No pasa nada. Al fin “tirar de la manta” para Sr. Rajoy da igual. Él siempre dirá que no tiene frío y nunca ha necesitado manta.

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