El principio de la historia fue un mono

Los años te ayudan a poner los pies en el suelo después de caminar muchos años por las nubes.

En bolsas de basura grandes he ido tirando las palabras. Artículos, entrevistas, reportajes, novelas… Y las palabras pesan. He llenado cuatro bolsas y aún me han quedado cajas con artículos más queridos que me ha dado pena romper. ¿Me pregunto para qué ese almacenamiento? Los años te ayudan a poner los pies en el suelo después de caminar muchos años por las nubes. Así es la historia. Una acumulación de palabras y actos que se encadenan con el azar de la sorpresa.

Un mono. Más exactamente –según los historiadores– unos cientos de monos, desencadenaron la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler importó a Alemania numerosos macacos desde el sureste de Asia, de Gibraltar y del Norte de África. Tal proliferación de estos animales peludos, tan parecidos al hombre, levantó un profundo revuelo en el mundo. Las autoridades británicas investigaron seriamente la extraña situación y encargaron a Lord Víctor Rothschild experto en MI5 (Military Intelligence, Section 5 del Reino Unido) que investigara la posible trastienda que envolvía este raro cargamento. Quizás ustedes no recuerden que Hitler era vegetariano y amaba a los animales mucho más que a los hombres. Los ingleses, preocupados, pensaron que igual detrás de este capricho hitleriano se escondía una amenaza para la Humanidad. Explotar animales, aún siendo poco común, podía ocurrir. En aquel tiempo se exportaron 500 erizos para estudiar la fiebre aftosa. En Alemania no parecía haber ninguna amenaza de epidemia, pero los equipos de investigación no se sentían seguros ante el deseo del dictador nazi de traer monos a Alemania. Además, en Europa ya se vislumbraba que Hitler tenía una profunda veta de locura y entre sus sueños estaba la creación de un superhombre. Nietzsche ya había adelantado en “Así habló Zaratustra” que el hombre había muerto  y era necesario dar paso al superhéroe. Hitler quería una raza superior y las mentes pensantes empezaron a cavilar escandalizadas. Y “descubrieron” que Hitler pretendía crear un ejército de monos mutantes. El interrogante de la posible suposición sigue en el aire, pero la guerra se desencadenó.

¿Y usted dirá que pintan los monos en este artículo? Sencillo. Los hechos más inverosímiles de la historia pueden condicionar el comportamiento humano. La Segunda Guerra Mundial empezó por unos monos y el Partido Socialista, antes gobernante de los destinos de este país al sur de los Pirineos, ha llegado a la crisis y caída más espantosa de su historia por una palabra. ¡Una simple palabra!, menos que un mono, empezó el camino de espinas de este partido que va perdiendo letras, como un despistado las llaves. Hasta los obreros quedaron fuera hace años, porque los mandatarios tenían muchos números en sus cuentas corrientes que obstaculizaban seriamente su apelativo.

Sólo una palabra. ¡Cuánto pesan las palabras!

Para Pedro Sánchez fue una la definitiva. El día que llamó a Mariano Rajoy inmoral empezó el principio del fin. “Usted no es decente”. ¿Recuerdan la cara del Presidente? Fue del rojo de ira contenida al amarillo pálido. En escasos segundos las gafas le resbalaron al borde de la nariz, la pierna empezó a moverse como un eterno baile de San Vito, mientras Pedro Sánchez, satisfecho de su arrojo, siguió mencionando lindezas del líder el PP. El “usted es impresentable, Sr. Rajoy” siguió con “usted es ruin y miserable”.

“¡Hasta aquí hemos llegado!” –respondió Don Mariano.

La reacción fue de un veterano con experiencia y con videncia de profeta: “Usted es joven y va a perder las elecciones”. Después de hacer un alegato de sus numerosos cargos políticos, el Presidente manifestó que “no me dedico a la política por dinero” y que el Sr. Sánchez era un mezquino. En fin, les remito a los videos del “Cara a cara” televisivo de aquel día de febrero y a las hemerotecas.

Claro que nada termina con un punto y final. La escenificación del mandatario del PSOE y su odio eterno al PP, como Viriato a los romanos, tuvo su vuelta de tuerca. Nadie es perfecto ni el mundo político ni en el social y el entonces presidente del Gobierno español tampoco dio la mano de Pedro Sánchez en público en una reunión entre ambos en el Congreso de los Diputados. El Sr. Rajoy se ató los botones de su chaqueta y el socialista se quedó con la mano en el aire como si fuera una pajarillo que se estrella contra un cristal. A El Shehaby, representante del grupo de judo en los Juegos Olímpicos de Río, le expulsaron por no dar la mano a su rival israelí Or Sassson. Aquí no se expulsan mas que a los jugadores de fútbol.

Si estos dos ejemplos los ve un niño en la escuela, considerará sensatamente que los dos son impresentables. Ninguno de los dos merece gobernar un país. La carencia de señorío de los dos líderes ha tenido una consecuencia nefasta. Un sólo acto y una palabra han marcado el principio del fin de un partido centenario: el PSOE. Todos quieren ahora ser representantes de aún no sabemos qué. Un partido sin cabeza y un reino de taifas –taifas, quiere decir bando- derrumbándose en grupos. Los taifas del partidos socialista, al quedarse sin jefe y el PSOE sin prestigio, buscan su sitio en este caos de mediocridad. Por mucho que indaguen razones y justificaciones, el desengaño es total. Las bases socialistas ven el pasado con los ojos llenos de lágrimas porque nada es como pensaban. Ni siquiera Felipe González ¡que ya es decir!

Quizás desde el más allá, Shimon Peres ayude a la paz, en su tierra y en la tierra dividida que está desquebrajando la solidez de la tierra. A su muerte habrá fundaciones, bibliotecas con sus palabras, colecciones de citas de sus frases mas destacadas. Intentarán guardar y recopilar por un tiempo el legado del histórico ex presidente de Israel. Se fue cuando tenía aún muchas cosas que decir y muchas palabras en su almacén de memoria. Quizás su casa se convierta algún día en museo. Posiblemente no sea ni parecida a la que acogió parte de sus 93 años de inspiraciones y desvelos. Remozada para el recuerdo, parecerá esperar al político que murió. Incluso habrá un cuaderno abierto con una pluma sobre una mesa pulida, con una silla tapizada de terciopelo y delante el pliego que le otorgaba el premio Nobel de la Paz.

En nuestras calles en estos días no se habla de paz. Son otras palabras las protagonistas: crisis, derrumbe, congreso, nombres que quieren encontrar su rostro en las primeras páginas de los periódicos. En las caras de algunos espectadores se leen las arrugas de la nostalgia. Quieren otros argumentos para volver a serenar su espíritu. Un deseo que cada vez se va difuminando más.

Hace dos semanas regalé un libro y me sorprendió que el obsequiado mirase el lomo, las tapas y el color. Le dio igual que el autor fuese Shimon Peres o Rodríguez Zapatero. “Gracias –me dijo– nunca he leído un libro”. Le miré extrañada y me sonrió con entusiasmo. “Pero tengo muchos y este me pega con el color de la pintura de la pared”. Jamás entendería qué es eso del peso de las palabras. Para muchos los monos siguen estando saltando por los árboles, insultar es libre y a nadie le sancionan por negar el saludo. Solo echan con tarjeta roja a los futbolistas. Todas las grandes tragedias empiezan por una letra mal puesta.

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