La loquera de Santa María

Fue la primera mujer valiente que con naturalidad se dedicó a la difícil labor de ayudar a las mujeres que habían elegido el viejo oficio para no morir de hambre.

Llueve mucho cuando cruzo el portón enrejado negro. El viento me lleva casi corriendo a las escaleras que suben a la casona de la Avenida de las Universidades 10. Tan cerca y tan lejos. Nunca me había fijado que la antigua vivienda está pegando al centro docente de Deusto. Siento un intenso respeto cuando me pongo a escribir en el ordenador. He estado sentada en las mismas sillas, he rozado su cama, he rezado en silencio en su oratorio partículas. Vivir –aunque sea cien años después- la presencia de una santa sobrecoge. Hace unos años publiqué un librito de ella que editaba la BBK. Se titulaba “Mujeres de Vizcaya”. Lo escribí con cariño, y quizás, sin saber los auténticos entresijos de aquellas mujeres que había seleccionado con criterio personal. Rafaela Ibarra era una de las protagonistas. Hoy, 23 de febrero de 2016, hace un siglo de su muerte. He visitado su casa, La Cava, para recordarla, y he sentido el rastro de Dios en el corazón del Campo Volantín, justo enfrente del museo Guggenheim.

Se que las salas que he recorrido, las cartas que en urnas he leído, los vestidos de seda que he admirado y los sacrificios secretos que he podido descubrir -gracias a las religiosas de los Ángeles Custodios que mantienen con infinito cariño su recuerdo- algún día será un museo. Creo que los vascos somos demasiado adustos con nuestros personajes cercanos, nos cuesta admitir el saber, el arte y hasta la bondad de nuestros compatriotas. Rafaela es y será, la santa de Bilbao.

Con pocos años se enamoró de José de Villalonga (que luego sería el primer presidente de Altos Hornos de Vizcaya) un joven catalán del Ampurdán que solía venir a la villa. El amor llegó cálidamente, casi sin que la adolescente se diese cuenta de que aquel caballero moreno, que habitualmente hablaba de negocios con su padre, la miraba distinto y hacía que sintiera cosquillas en el corazón. Se casaron al cumplir 18 años y fueron de luna de miel a París.

Los hijos llenaron La Cava de alegría y dolor. Algunos nacieron y murieron tan pronto que Rafaela y su esposo aprendieron jóvenes que la felicidad se teje con espinas. Tuvieron seis hijos y acogieron en su casa a los cinco niños más. Los hijos de su hermana que murió a los 28 años.

Dicen sus biógrafos que Rafaela recibía en su salita diariamente a cincuenta pobres, acudía a la cárcel, a los hospitales y a los prostíbulos. Fue la primera mujer valiente que con naturalidad se dedicó a la difícil labor de ayudar a las mujeres que habían elegido el viejo oficio para no morir de hambre.

Los antiguos tratante de blancas, recurrían a lugares menos sofisticados que ahora para conseguir gente joven para sus negocios. La estación de Atxuri era una cita casi obligada para llenar casas con chicas que acudían a Bilbao para trabajar, normalmente en el servicio domestico. Rafaela, que conocía este trasiego, a veces conseguía llegar a tiempo de rescatar a las chiquillas indefensas, otras veía con impotencia como entraban en ese camino fácil del que tan complicado resulta salir.

Sin miedo al qué dirán, sola o acompañada por su fiel chofer –solía quedarse en la calle esperándola- se adentraba en pisos de mala nota y cárceles para recuperar lo que quedaba de claridad en aquellas niñas. Así fue como se le ocurrió crear una casa para recogerlas, una casa donde podrían vivir, aprender oficios y volver con la frente alta a la vida cotidiana. Fue un trabajo difícil que hoy hubiese merecido títulos de primera página en numerosos periódicos. No era fácil, para un mujer de la puritana sociedad bilbaína, acudir a aquellos ambientes, atender a mujeres enfermas de sífilis y jóvenes que recibían palizas de los proxenetas. Cuando empezó a pensar en su obra maestra –la fundación de los Santos Ángeles Custodios- se mereció el nombre de “La loquera de Santa María”. ¿Cómo entender que una mujer de su posición se dedicaba a casar a las parejas de amancebados y bautizar a los niños nacidos fuera del matrimonio?

Dedicó su vida a santificar lo que más amaba: la pureza y, para conseguirlo, tuvo que estar continuamente con las jóvenes que mancillaban esta virtud. Su trabajo fue tan silencioso y hermoso que estas mismas jóvenes de vida poco edificante, la consideraban como una madre, posiblemente la madre que no tuvieron para poderlas salvar.

Sería larguísimo detallar las numerosas mortificaciones que padeció por su deseo Rafaela Ybarra y su audacia a la hora de pedir limosnas, permisos, visitar lugares difíciles y ser la eterna caminante de las calles de Bilbao, el coche era un lujo que sólo se permitía para los largos desplazamientos. Rafaela vivió en Bilbao pero parece que pasó rozando sin pisar el suelo. Quizás porque fueron los ángeles custodios sus compañeros de viaje. Cada mañana se encomendaba al ángel de la guarda como si de él dependiera que Rafaela terminara con éxito el día. Santa Teresa y San Juan de la Cruz le enseñaron a escribir preciosas cartas. Si se recogieran todas se podría publicar un libro bellísimo de ternura de madre y amor de esposa. Cada consejo estaba envuelto en un perfume divino porque, desde muy joven, había hecho suyo un lema que utilizó hasta su muerte: “Dulzura en los medios y entereza en el fin”. Así educó a su familia y atendió a las jóvenes que estaban bajo su protección, amó a su esposo y la iglesia la convirtió en beata. Ahora falta que le de el nombre de santa para que una nueva luz adorne los altares.

Rafaela Ybarra se fue al mas allá un día como hoy de 1900. Dicen los cronistas de la villa que todo Bilbao guardó turno frente a su casa para poder besarla, poder tocar sus ropas y quedarse con el recuerdo de aquella mujer que tanto había consolado sin pedir nada a cambio.

La historia –no sólo la iglesia- la juzgará. En los archivos de este Bilbao tan olvidadizo, es posible que un historiador recopile muy despacio su vida. La vida de esta vasca recia, hermosa en cuerpo y alma, y valiente como las más aguerridas seguidoras de Teresa de Calcuta. Rafaela, más silenciosa, sólo quería ser la amante de Dios, la eterna enamorada del divino maestro.

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