La primavera envenenada de los presidentes latinoamericanos

No solo de polonio mueren en extrañas circunstancias espías y líderes mundiales.

Es primavera. El calendario da la fecha, y el clima enfadado pretende adaptarse a la estación, manteniendo el frío, el viento y la lluvia, tapando el sol que, calentarnos ante el helador panorama mundial, desea sacarnos de un eterno invierno desolador. Las noticias que nos rodean han sustituido los problemas mundiales –son tantos que no caben en los periódicos- por el glamour de las princesas con dudosas tramas de corrupción mezcladas con amores reales, o amistades entrañables, servicios secretos y comedores envenenados con micrófonos. El miedo a que nos escuchen, hasta en una hamburguesería, empieza a ser patológico. Ya no solo son preocupantes los ingredientes que comemos, también tienen que inquietarnos los que están en las mesas cercanas, porque igual se enteran de que hemos adquirido un teléfono supletorio que no está homologado por la Telefónica. No se fíe. Quizás hasta los niños que celebran una fiesta infantil pueden ser portadores de mensajes ocultos.

Pero, gracias a nuestra buena fe, nos creemos con cierto candor lo que leemos y vemos en los noticiarios, y hasta somos capaces de pasar página, aunque esa página sea tan sumamente pesada que necesitemos la ayuda de una grúa para levantarla y creerla. Pues verán, el caso que ahora preocupa es el cáncer. Esa enfermedad que llega como un mal sueño. Usted, como yo, creía que ese mal sueño era una especie de destino que, como la bola de marfil de una ruleta, cae por azar. Está equivocado. El cáncer, ese virus de origen desconocido, puede tener una mano que mece la cuna de la historia. Un mensajero subliminal dirigido por mentes retorcidas que han pensado una nueva forma de asesinar, no a gente vulgar, como usted y como yo, sino constituyendo auténticos magnicidios.

Dicen que esa especie de epidemia cancerígena que ha pasado como un tsunami desolador por las casas presidenciales de Latinoamérica, no es una casualidad dolorosa, sino un deseo de los cerebros diabólicos que dirigen los destinos del mundo. Cuentan que estos personajes viven. Parece ser que la casualidad solo existe si a usted- por un casual de esos de miles y miles de números que se unen por capricho—le toca la Primitiva.

Un doctor que sabe mucho, asegura que se llevan inoculando virus cancerígenos en animales desde hace doscientos años para investigar su origen. Con solo una inyección la muerte entra en la sangre. No solo de polonio mueren en extrañas circunstancias espías y líderes mundiales.

El poder –decía el reciente papa Francisco- es el servicio. Pero no todos miran al cielo cuando hablan de esta palabra que tiene más de humana que de divina. El poder es el signo de la destrucción. No es una frase que queda bien en un articulito para llenar la página. Carlos Cardona, médico especialista en oncología molecular, lleva 16 años investigando el cáncer en las universidades de Cambridge y Birmingghamm y, según sus declaraciones a un diario madrileño, “llama la atención que justo cuando Estados Unidos está perdiendo la batalla por el control de Sudamérica, hayan aparecido en poco tiempo cinco casos de presidentes, ninguno afín, con el cáncer. Uno se pregunta, ¿qué pasa?”. Pues pasa que el eminente doctor se arriesga a suponer algo que rondaba muchas cabezas temerosas de decir en público lo que pensaban: A Hugo Chávez le pudieron inocular el virus del cáncer con intención de asesinarle.

Esta extraña y novedosa arma de matar para conseguir el poder debe de ser mucho más sencilla que apretar el gatillo de una pistola. Si el objetivo –entendiendo por objetivo el infeliz que está predestinado para ser sacrificado- va al dentista, después de la anestesia, le ponen el carcinógeno como quien añade un nolotil a un disolvente. El paciente no se va a enterar de nada. El virus se empezará a desarrollar después de unos seis meses.

El caso es que esta extraña lotería de la muerte ha tocado a un buen número de mandatarios latinoamericanos. La historia podemos remontarla hasta el año 1997 en que Alberto Fujimori tuvo un granuloma en la lengua. En 2001 René Preval, ex presidente de Haití, desarrolló un tumor en la próstata. Los canceres misteriosos se han multiplicado después. Fernando Lugo, ex presidente de Paraguay, cáncer linfático; Lula da Silva en 2010, cáncer de laringe, y su colaborador, José Alencer, en el 2011 cáncer abdominal. En el año 2010 fallecía el presidente de Argentina Néstor Kirchner de cáncer de colon, un año después su mujer, Cristina, cáncer de tiroides. El presidente de Brasil, Dulma Rusself, cáncer linfático, el presidente actual de Colombia, Juan Manuel Santos, tiene cáncer de próstata. Cuentan que el actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, visita de vez en cuando Cuba por una posible enfermedad. ¿Casualidad? Pues quizá, pero Hugo Caves, antes de morir, advirtió a sus colegas Evo Morales, Daniel Ortega y Rafael Correa (presidentes de Bolivia, Nicaragua y Ecuador) que se cuidaran del cáncer, “Fidel Castro siempre me dijo, Chávez, ten cuidado…esta gente ha desarrollado tecnologías… cuidado con lo que te dan de comer, cuidado con una pequeña aguja con la que pueden inyectarte no sé qué”.

Ese no-sé-qué entra como una nube de malagüero con demasiada frecuencia en los palacios presidenciales. Parece ser que es una nueva variedad del polonio, más difícil de detectar pero con parecidas consecuencias sino se descubre a tiempo.

Es claro que la fórmula más fácil para eliminar a los enemigos es matar: Gadafi, Arafat, Bin Laden… Buenos y malos entran en el mismo saco. Lo importante es el poder. Ese extraño monstruo que sigue dirigiendo los destinos del mundo, sea invierno o primavera En algunos corazones el sol no nace nunca.

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