La provocación sensual de las elecciones

Hay votantes que tapan las caras de los líderes para continuar siendo fieles a una ideología, aunque odien o rechacen al personaje que las representa. 

La lluvia va borrando las caras de los candidatos de las últimas elecciones. Sólo uno ha mantenido el gesto sin que le tire la cara de tanto mantener la sonrisa forzada. Es la ley de la oferta y la demanda. Perder o ganar. Aparentemente todo sigue igual. El otoño madura su presencia y, para retenerlo -me gusta esta estación nubosa-, pongo en mi mesilla, igual que en verano, medio limón con clavos de olor. Un secreto para ahuyentar a los mosquitos. La luz y el calor los deja runruneando hasta que el limón les atonta con la fuerza de su aroma.  Limón y clavo dos ingredientes incompatibles. Acido y dulce. Juntos, una incongruencia, forman una esencia sensual y evocadora que me lleva a un atardecer de estío, una puesta de sol cálida, una tormenta calurosa y la cadencia de nadar una mañana sin prisa. Y… hasta un día de elecciones. Hay un recuerdo de ese día que me quedó plácidamente grabado.

La banda municipal de Portugalete –como una premonición- interpretaba “La Sinfonía del Nuevo Mundo” en los soportales del Ayuntamiento. Como llovía si parar, la banda bajó del kiosko para que el publico no se mojara. Con  la normalidad de su esmoquin tocaron impasibles junto a paraguas,  chubasqueros y niños – que habían aprendido a no molestar en un concierto- corriendo fuera de sus cochecitos. Nunca había visto tan cerca a un director de orquesta. Nunca había oído a mi lado el sonido de una flauta o de las cuerdas de un violín. Era tan bonito que me olvidé de los pinchos de bacalao del Txiki, del sabor de la sidra al mediodía y hasta de la incertidumbre de un día de votaciones. Fascinada, miraba las manos del director que intentaba atrapar con sus gestos la armonía de cada instrumento para conseguir el sonido perfecto que soñó el compositor checo Dvorak. Los instantes de felicidad son fugaces,  sentí que vivía uno muy especial. Portugalete recibía con la elegancia de una gran villa el nuevo futuro. Gran villa. Encontré con ese nombre un perfume. Francés y de Dior, con sabor a sal y limón, a clavo y tomillo, romero, pimienta negra y sándalo. Granville, un pueblo de la Normandía que para mí se hermanaba con la villa jarrillera, se había hecho próximo por el sofisticado engranaje del recuerdo de la memoria. ¿Portugalete huele a limón? Pues no sé, porque hay pocos limoneros, pero el mar, el amargor de los remolcadores y gasolinos, las hojas de los arboles y la tierra mojada de un día de lluvia, consiguen una alquimia perfecta.

Un perfume es una sorpresa. No huele igual en un instante que en el siguiente. Granville me pareció un aroma raro, tan extraño que no sabía – ni aún lo sé- si era de hombre o de mujer, pero me quedó en la piel un olor amargo, acido, sensual y difícil de olvidar. Hoy, cuando me echo Granville, siento que soy otra persona distinta porque el aroma no se adapta a mí y, sin embargo, me invita continuamente a abrirlo como un veneno que tiene toques de elixir atrayente y terrorífico. Aunque tenga otras colonias, necesito cerca este extraño – y recién estrenado- afrodisiaco que me domina como el genio de Aladino. Quizás es el limón, porque el misterio de un perfume es la mezcla de esencias. Como en la sinfonía, el director  sabe qué instrumento debe destacar en cada movimiento de la orquesta.

He descubierto que esta esclavitud de los aromas es parecida a la fidelidad de los partidos políticos. Hay votantes que tapan las caras de los líderes para continuar siendo fieles a una ideología, aunque odien o rechacen al personaje que las representa. Creo que la fidelidad y el amor es una alquimia de sabores, olores y sensaciones indescriptibles. Uno a uno se identifican, pero juntos forman una amalgama que esclaviza los sentidos. ¿Quién domina a quién? Quizás, para algún melancólico, sea la brisa del pasado, la fuerza de la costumbre, el continuismo que ha vivido desde la infancia. Esa nostalgia al “crecer” se convierte en convicción o en rechazo y, ese rechazo, al pertenecer al pasado de la memoria, se acaricia y, hasta rechazándolo, se ama por la familiaridad de las vivencias continuas.

Las elecciones son una especie de continuismo querido u odiado. Algo que aceptamos sin ser conscientes de que al final lo hemos provocado. No es cierto que los resultados de una votación sorprendan. Sorprende lo que no se ha hecho nunca y de pronto sucede. Lo imprevisto que nadie ha rondado ni en sueños. La fantástica irrealidad del inconsciente es la que provoca el día a día de la costumbre. Para mi amigo el compositor Antón Larrauri el estiércol era afrodisiaco. ¡Qué incongruencia olfativa! Desear lo desagradable como éxtasis embriagador. Los afrodisiacos actuales – políticos o sensoriales- son ilusiones que se venden con mujeres y hombres guapos que nos llevan con su sensualidad al paraíso. Mujeres y hombres que te hacen soñar  con que se enamoran de quien levanta el tapón de la esencia o personas corrientes –como usted y como yo- a los que el márquetin de la necesidad les convierte temporalmente en salvadores del mundo. Es el placer de la evocación de la fantasía. Esa ventana al infinito que se abre cada mañana sin permiso de la mente. Es el instinto del deseo larvado, escondido en lo más profundo de la intimidad.

Dicen los filósofos que el tiempo no existe. En esa no existencia vivimos juntos el futuro, una sinfonía de sonidos y olores que antes de que termine esta año 2012 nos traerá un “temporal” nuevo mundo.

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