Los apellidos catalanes, el parchís y la oca

El sobre de la jubilación no es compatible con el trabajo por cuenta ajena.

Vamos a recordar que en las conversaciones de los pueblos de Girona sólo se hablaba de la película –¡y qué película” ¡Ocho apellidos catalanes!–. Si a los apellidos vascos acudieron miles de espectadores, los catalanes no se iban a cortar. También llenarían de carcajadas las butacas, riéndose de sus propios tópicos. Conozco a uno de los extras que fue elegido. El requisito era mínimo tener entre 16 y 100 años.

Siempre quedan deseos sin cumplir. El sueño de mi amigo era participar en una película con focos, con actores de verdad, con claquetas. Los que se presentaron para extras fueron unos 2000.

– Nos va a ver todo el País. ¿Quién me iba a decir que con 85 años iba a ser famoso?– me comentaba después de haber sido seleccionado.

El viejillo durmió acordándose de Indiana Jones que, a fin de cuentas, había pasado de los 70 y rodaba la cuarta entrega.

Su mujer pensó que igual le vestían de payés y bailaba una sardana. Cuando llegó el día señalado dijeron a los figurantes que podían llevar la ropa que quisieran, aunque no de domingo. Con la emoción de intervenir en una película, se levantaron antes que los nietos. Ese día dejaron de ir al cole para verles.

El plató se organizó en la Plaza Mayor de la localidad de Monells –que en la película se llama Plaza de Pep Guardiola–, los más protagonistas tenían que decir bona tarde, y los demás permanecían indiferente como si fueran habitantes de Monells. La indiferencia –tan fácil desde fuera– a nuestro protagonista se les hizo ocho nudos en el estómago. La emoción de participar en el rodaje real de una película hacía que el corazón bombeara como una locomotora con humo y todo. El sol caía hasta derretirse las tejas. El rodaje duró cuatro días, y los pobres jubilados –la mayoría de los elegidos– tuvieron que aguantar impertérritos durante cuatro días rodeados de esteladas. 60 euros por día. Eso fue lo mejor de la experiencia los 250 euros que les dieron y la posibilidad de ir al estreno como si de verdad (al fin lo fueron) fueran actores. Porque, todo hay que confesarlo, mi amigo es de los que levantan la mano cuando ve una cámara haciendo un reportaje, y hasta llevó en unas elecciones a su nieto (al que habían puesto una barretina) para que le diera un beso el candidato local.

Esto ocurrió en abril. Como en las películas de verdad tendría que haber puesto Seis meses antes. Porque en este diciembre, cuando ni se acuerda que fue extra, la película ya la ha visto seis veces con sus vecinos para que le vean de verdad en el cine- el Ministerio de Empleo y Seguridad Social le ha mandado una carta. Otro susto en este año. Una carta del mismísimo ministro Cristóbal Montoro con su nombres en el sobre. ¿Una felicitación navideña? Nunca la habían recibido, la única que llegaba puntualmente, casi siempre con campanas en marrón, era del Hogar del Jubilado. Antes de abrirla pensó que nada bueno sucede cuando se recibe una carta de tan alto lugar. No debía nada, no había robado, tenía todo en orden pero… ¡No, hijo no! –como decía Antonio Ozores– la cosa era más seria. Había defraudado a Hacienda. Se quitó el sudor de la frente y con la carta en la mano llamó a su mujer que estaba en la cocina haciendo una calçotada.

– Nuria, que dicen que he robado.

– ¡Por la Moreneta que tu no coges un céntimo a nadie!

– No entiendo nada, dicen que es por la película.

La misma carta la recibieron todos los extras de la provincia de Girona. Una mayoría jubilados, porque Hacienda somos todos.

 

El miedo al parchís

Ahora, que normalmente se recibe la paga extraordinaria –grande o chica–, lo que menos espera ningún jubilado es un susto tan sorpresivo. Me pregunto quién hace las cuentas en este bendito país de castañuelas y pandereta. Pero todo es legal. El sobre de la jubilación no es compatible con el trabajo por cuenta ajena. Y, como los productores de la Zona Films actuaron dentro de la legalidad -dieron de alta a sus actores provisionales los días de rodaje en la Seguridad Social– los figurantes, además de tener un borrón en su historial, han de devolver 126,39 euros. Dicen los que saben que estas situaciones, tan legales y legítimas, se repiten con cierta frecuencia para evitar fraudes a la Seguridad Social.

Por favor, lea despacio su contrato laboral de ahora en adelante. La infanta Cristina, Jordi Pujol y una lista de gente pudiente, puede seguir sin leer ninguna letra pequeña. Usted no. Para esos señores su ilegal patrimonio sigue tal cual hasta que Dios quiera y los jueces lo decidan. No hay prisa. Seguirán celebrando las fiestas y brindando con champán. Igualito que Hacienda, que pase lo que pase siempre le toca el gordo de la Lotería.

Estos extraños sucesos han traído la confusión a mi casa. Estamos preocupados. Los domingos jugamos al parchís, y cada apuesta es de 30 céntimos. Hasta ahora no pensábamos guardar el secreto, pero dadas las ganancias que se pueden conseguir en cada partida (hasta 5 euros) el montante nos empieza a inquietar. Tenemos motivos para tener miedo. En un pueblo de Murcia jugaban al bingo un grupo de jubilados y el mismo Ministerio de Hacienda ha condenado al club de jubilado con una multa de 3000 euros por ser jugadores ilegales y defraudadores. La timba tenía lugar los jueves y la apuesta era de 10 céntimos el cartón. Realmente nuestra situación es grave. La recaudación de nuestras partidas es tres veces mayor que la de los jugadores murcianos.

Teniendo en cuenta las próximas fiestas navideñas, cuando el desmadre puede llegar a 1 euro la comida (comida de ficha), yo recomiendo, a todos los que piensan en este tipo de diversiones, que se dediquen a otros asuntos después de la cena de Nochebuena. Sin duda el Gobierno –fiel custodio de la moral pública– revindica la Misa de Gallo, el rezo del Rosario y el canto de villancicos de sobremesa. Los muy lanzados –y a escondidas– pueden dedicarse al juego de la oca. Aunque, tengan cuidado con estos deslices. La oca era un juego esotérico con temática mágica y alquimista. Aviso con tiempo a los atrevidos que pueden arriesgarse. Repito, Hacienda somos todos.

 

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