“Me llamo Olga, tengo 32 años y me han diagnosticado cáncer”

Pienso en esa valentía del instante, ese saber lo que se quiere cuando se puede desear poco.

Si yo quisiera contarles a ustedes cómo es la Selva Negra, no tendría sitio en esta página. Mi cabeza no consigue ordenar las sensaciones de belleza que se suceden desordenadas como una cadena de imágenes de una película sin montar. Me da la sensación de haber estado dentro de un cuento de los hermanos Grimm, en compañía de Hansel y Gretel y con muchas casitas de chocolate sin brujas. Bosques de miles de tonos ocres, verdes y amarillos, hojas de colores imposibles en las gamas del verde y profundidades inmensas de árboles y musgo donde los ojos no llegan nunca al cielo. Como fondo del paisaje el continuo sonido del agua, un río que discurre entre los árboles, una cascada que se precipita por las rocas, un manantial… Sientes que van a recibirte enanitos de entre los troncos añosos y, en lo alto, un príncipe de un castillo medieval que va a coger un corcel blanco para buscar a su amada encantada en un lecho de flores.

Durante ocho días he vivido en otro mundo, cercano en avión y, un poco más lejano, en el autobús que he viajado. La Selva Negra es inmensa. He recorrido distintos países europeos sin sentir la separación de las fronteras. De Alemania he pasado a Suiza, y de Suiza a Austria, y luego a Francia para llegar a Alemania. Tiene mucha magia ese dejarse llevar cuando uno decide ser turista con todas las consecuencias. Turista en autobús, sin pensar que el cuentakilómetros corre con la lentitud del tiempo y la velocidad de la carretera. Casi dos mil kilómetros para sorprenderme en cada esquina. Ver para ver sin metas ni esperas. No recuerdo los nombres de los pueblos porque, felizmente y por primera vez en mi vida, he decidido no hacer un reportaje de viajes. Con la precisión de los lugares pierdes la espontaneidad de las sensaciones.

– A tantos kilómetros de tal lugar, encontrará un reloj de cucú que es el más grande del mundo.

En tal localidad hay un ayuntamiento que es el calendario de Adviento que usted ha visto mil veces fotografiado. Tiene 24 ventanas y cada día se abre una hasta llegar a Navidad.

– En el nacimiento del Rin hay una cascada que…

– Aquí, en este pueblito, empieza la película de “Charly y la fabrica de chocolate”…

Lugares preciosos que se unen sin orden en los recuerdos de melancolía del otoño.

Y al final, en Leida, antes de coger el Alvia que me traía a Bilbao, me topé con la otra realidad que también existe y es cotidiana. En los servicios de la estación encontré unas líneas escritas con rotulador azul: “Tengo 32 años y me acaban de diagnosticar un cáncer. Lo primero que voy a hacer es separarme de mi insensible marido, irme a Paris con mi hermana, comprarme una scooter y vivir”. Lo firmaba Olga y la fecha era el 9 de octubre de 2013. Aquella frase se acababa de escribir. Olga era una joven al borde del precipicio de la nada que hacía planes y quería ser feliz el tiempo que fuera. Era un plan a plazo fijo el que se proponía a sí misma, con el cálculo impreciso de su tiempo. Lo iba a cumplir. Pienso en esa valentía del instante, ese saber lo que se quiere cuando se puede desear poco.

¿Qué desearía usted ahora, en este momento, si tuviera que despedirse? Me lo he preguntado a mí misma y no he sido valiente de responder. Nos falta el coraje de ser sinceros y nos falta la humildad de reconocer que no somos héroes. Yo no pediría la paz universal y que todos los niños del mundo comieran diariamente un plato de arroz. Olga es realista, pide para ella misma. Va a romper cadenas y va a ser feliz viendo el Sena y recorriendo las calles sonriente montada en una moto. Según pasan los años te das cuenta de que el tiempo no vuelve. Lo que no hagas ahora no lo harás nunca. Pero nos falta la fuerza de desear con fuerza lo que queremos y no dejarlo escapar.

El pasado no se altera, pero el futuro aún somos capaces de crearlo. Olga ha aceptado –como dice mi amigo Rafael Redondo- morir despierta, porque vivir distraída es suicidarse.

Quizás, ni ella se haya dado cuenta, por la profundidad de su herida, que “todo ser humano (cito a Rafael, de su libro recién publicado “Magníficat”) alberga un sexto sentido en sus más profundas venas que brota en la quietud de los sentidos, cuando el tiempo cese de ser atadura y deja de ser tiempo”.

¿Dónde estará Olga? La imagino en vaqueros, respirando el amanecer de Paris, estrechando con amor el abrazo de su soledad querida y enamorada, esperando la luz roja de los semáforos para correr un poco más por los caminos de siempre – ¿dónde vivirá Olga?-, unos caminos que de pronto, sólo en unos días, se han hecho senderos de su eternidad.

A Olga le da igual ver la cara impasible de Aznar, su desfachatez, su orgullo y desprecio a los miembros de su partido. Le da lo mismo que Rajoy mire humillado y con tristeza al que fue su líder y que un ministro se lleve croquetas en un tupper. A Olga estas miserias humanas le parecen intrascendentes porque en su tiempo no hay ambición ni cuentas secretas B. Le han llamado para acudir con la cara desnuda y muy ligera de equipaje.

Cada vez que viajo dejo más cosas en casa, pero siempre la maleta pesa de más y la mitad de la ropa que he metido no uso. Es el defecto del por si acaso que abulta y no sirve. Queremos llevarnos el armario a cuestas sin darnos cuenta que la compañía exclusiva de nuestros sentidos es suficiente para viajar. Respirar el aire del bosque, tocar la rugosidad de un árbol y ver el cielo. Sentir una ciudad distinta, olerla, acariciarla. Mirar a hombres y mujeres que caminan como nosotros sin prisa, disfrutando cada paso. Alguien dijo que nuestra mejor máquina de fotos es la que llevamos puesta. Nosotros somos los que retenemos los instantes que nos rozan como una brisa recién estrenada. Nosotros somos los que guardamos en nuestro particular baúl de la memoria lo que deseamos conservar para siempre. Según pasa el tiempo te das cuentas que las fotos que sacas para recordar no son reales. Son fotos para enseñar y –salvo si vas a hacer un reportaje- a nadie le importa si la catarata era grandiosa, o la catedral románica. Es lo mismo que las casas sean como las de Papa Noel o los montes inventados para Heidi. A nuestra familia y nuestros amigos, con todo el cariño del mundo, les da igual si lo pasamos bien o mal. Les da igual que les enseñemos videos. Creo que se aburren –nos aburrimos- con las experiencias ajenas aunque pongamos cara de gran interés. Somos así.

En este viaje a la Selva Negra he aprendido a prescindir de más cosas y a recordar las tres líneas de Olga. Vivir es lo que importa y esa vida –larga o corta- es solo nuestra y para vivirla no necesitamos grandes maletas.

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