Nuestros queridos monstruos

¿En qué momento los niños –nuestros niños, sus niños– se convierten en tiranos?

Las costumbres están cimentadas en las creencias. Millones de cristianos en el mundo admiten que Jesús, después de morir en la cruz, volvió a la vida el tercer día. Hoy algunos pueden pensar que es una historia de extraterrestres. Se estudia poco la historia sagrada, y no se cubren las imágenes con telas hasta el día de Pascua. Tampoco los niños y los jóvenes entran en las iglesia. Se han cambiado los rituales. Hay citas puntuales –bautizos, comuniones y bodas– con puntillas, organdís y tules. Las fechas coinciden con las etapas de la vida y no se sabe muy bien porqué se celebran. La religión católica enseña que el bautismo marca la divinidad del recién nacido al hacerle hijo de Dios, con la comunión entra en intimidad de Jesús y, para santificar el amor, pide la bendición divina en el Matrimonio. Son tres sacramentos que se aprenden en el catecismo y luego se olvidan.

En este siglo XXI nada es real.

Se lleva a los niños a la pila bautismal porque después hay una fiesta por el nacimiento del bebé. Si usted no cree gran cosa ¿por qué bautiza a su hijo? La Primera Comunión es una celebración más sofisticada, hasta hay listas de regalos. Nada es como era. Los niños se acostumbran desde que abren los ojos a recibir obsequios. De una medallita hemos pasado a un coche de paseo, del primer reloj a la motocicleta –cuando llegan a los 8 años, casi todos tienen bici–, de un juego de café a un viaje de novios a Groenlandia.

Hemos creado a nuestros queridos monstruos. Ya no hay posibilidad de recuperar, siendo abuelos, lo que perdimos de pequeños y al ser padres. ¿En qué momento los niños –nuestros niños, sus niños– se convierten en tiranos? No es de repente, pero empieza a ocurrir muy pronto. Los niños aprenden cuando están en la cuna. Dicen los sabios que hasta los dos años se cimienta el futuro. ¡Qué periodo más corto para enseñar! Si lloran les untas el chupete con azúcar, les coges en brazos y le acunas. El bebé se siente querido y desea estar así siempre. Empieza a andar y, para que dé sus primeros pasos, le mostramos un chupa–chus. Y este hecho tan simple lo almacena en su memoria. Aprende que todo se compra y se vende. Llora desconsoladamente –sin ninguna lágrima– hasta que se le da un euro para un chuche, se tira al suelo si quiere un helado, da patadas porque no le apetece besar a su tía. Baja del autobús –lo hacemos por inercia– y su madre le lleva la cartera mientras le ofrece la merienda. “No me gusta el jamón, yo quería nocilla” y tira el pan al suelo. La mamá compasiva –el pobre lleva todo el día en el cole, estará cansado– y le dice: “Cuando lleguemos a casa te preparo tostadas calentitas, muy untadas con todo el chocolate que quieras”. Por supuesto, los padres nuevos dicen que a los niños no se les pega ni riñe, y tampoco hay que darles chupete. Los nuevos métodos de educación recomiendan la libertad del niño. Y, por ese libre y bendito albedrío, los niños saben que los padres nunca cumplen los castigos que prometen. Volverán a jugar con la Tablet y volverán a hablar por el móvil.

Como puede imaginarse, hablar y escribir del tema es facilísimo porque yo no hago lo que aconsejo. Nos quejamos de la situación de la juventud y nosotros hemos creados a nuestros queridos monstruos. Nuestros queridos monstruos que tienen todo lo que quieren y, si no lo tienen, nos culpan de sus carencias. “Todos los niños van a Disneylandia”. También todos los niños van de vacaciones en Semana Santa y no tienen ni idea de qué es eso de la Semana Santa. Felizmente en algunas comunidades la Semana ha cambiado de Santa a Blanca. ¡No crean que pretendo hacer una cruzada a favor de la cuaresma, las vigilias de bacalao –con bula no había vigilias–, los ayunos –salvo las embarazadas–, la tristeza por mandato del calendario y el cierre de cines y bares en Jueves Santo y Viernes Santo! Nada más lejos de mi cabeza, pero quizás tengamos que ser lo que predicamos. Si ya no vamos a volver a la iglesia ¿por qué bautizar a los bebés, llevarles a comulgar y casarse con marcha nupcial y alfombre roja? ¿No será mejor –si realmente vivimos el laicismo– desacralizar las costumbres puesto que son tradiciones vacías?

Hay que adaptarse al cambio con sinceridad. Es difícil, vivimos en sociedad. Ayer en la frutería había una caja preciosa de fresones y en un cartelito, al lado del precio, ponía: “Fresas con sabor”. Antes –ni mejor ni peor– la fresa sabía a fresa. Ahora sólo sabe a fresa el chicle de fresa.

En estos días, las pastelerías y los supermercados venden huevos de chocolate. Se ha terminado la Semana Santa: es Pascua. En la prehistoria los huevos se comían al finalizar el invierno. El huevo es el símbolo de la resurrección y vida nueva. En el judaísmo, en el plato Keará que se prepara en el Séder de Pesaj, se pone un huevo decorado en medio. Significa el ciclo de la vida, el endurecimiento del corazón de Ramsés II, y el fortalecimiento del pueblo judío para salir del Egipto en el Éxodo.

La costumbre de los huevos de chocolate se ha extendido por todo el mundo y en algunos países también, en el domingo de Pascua, se esconden por la casa los huevos dulces para que los encuentren los niños. Su significado real, no es un juego. Es el símbolo de la persecución de Herodes a Jesús.

En el último domingo de cuaresma suelo pintar huevos con caritas de niños y compro también de chocolate. No explico las tradiciones, porque si no se saben qué es Resurrección es más complicado contar historias de huevos duros o azucarados. En casa, desde pequeños, mis hijos –luego mis nietos– saben que por estas fechas es el domingo de los huevos. Y así se ha quedado. A estas alturas no les voy a revelar a mis queridos niños – que ya suelen estar de vacaciones– historias de Herodes. No tienen ni idea de quién es ese señor, porque tampoco se ponen nacimientos con el castillo de Herodes y los soldados romanos fuera.

Hay que aceptar lo que tenemos. Disfrutar de las vacaciones, sean del color que sean, ir a las procesiones (a estas alturas a quién se le ocurre suprimirlas), asistir a conciertos sacros, comer huevos de chocolate y regalar, como los catalanes, monas de Pascua.

Y si bautiza a su bebé, le lleva luego a hacer la Primera Comunión y después se casa ante un altar, recuérdele que, de vez en cuando, visite la iglesia. Es triste volver por un funeral. Yo –como algunos de ustedes– suelo hacerlo en esas ocasiones.

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