Otra vez el mediador

El rey de los mediocres puede llegar a ser el dios del universo. Si miramos uno por uno los países que dominan la política, detrás de cada democracia geográfica hay una cara que no dice nada. No es guapo ni feo, triste o alegre, ocurrente o audaz, simplemente, es mediocre. Ponga un mediocre en su vida y llegará lejos.

Así hemos conseguido que Europa se tambalee por la falta de cohesión. Al margen de ideologías, íntimas y dignas, creo que la unidad es lo único que nos puede hacer fuertes. La unión hace la fuerza, es un slogan tan antiguo como el hombre y sigue funcionando. Un soldado no gana ninguna batalla solo, por muy digno que sea el objetivo. Tampoco un ejército numeroso sin un buen capitán que dirija a los soldados al combate. Hablo en abstracto, pero cada lector sabrá poner cara a las palabras. Según pasan los años y me veo en el andén del final del trayecto, me doy cuenta de que las personas valientes, inteligentes y únicas, nunca han sido mediocres.

Estoy leyendo la vida de Steve Jobs y en cada suceso de sus pocos años hay una idea de superación. Cuando le anunciaron su cáncer y el poco tiempo que le quedaba, Steve se puso a trabajar más fuerte y dedicó a sus colaboradores las palabras más bonitas de su vida, sabiendo que su vida tenía el fin ya escrito.

En numerosos artículos y entrevistas de famosos, encontramos esa pregunta de, qué-haría-si-fuera-su-último-día. Las respuestas son tan variopintas como divergentes. Creo que esa cuestión, tan desconcertante y difícil, tendría que hacerse a los políticos que deciden por nosotros un futuro que casi nunca queremos.

Las premisas de una gran parte de políticos son iguales: prometer, la primera. Nos prometen lo que queremos oír y, aunque sabemos que son cantos de sirenas, nos adaptamos sumisamente a esas promesas y queremos creerlas, aunque no las creamos. La segunda premisa es la mentira. Desde la primera palabra de los discursos están mintiendo, porque saben que la mentira está barnizada de deseos universales, y, como no pueden lograr lo que los demás queremos, nos ofrecen un bombón sabroso. Volvemos a saber que el bombón es amargo, pero lo cogemos. Nos dicen 1000 muertos en China por el Covid-19 y sabemos que a la cifra hay que ponerle un cero más. Así en todos los ámbitos. Por eso, mienten y seguirán mintiendo por mucho que este febrero sea el mes de los enamorados. ¡Cuántos enamorados se mienten para no afrontar la realidad de su soporífera verdad! ¡Cuántos matrimonios aguantan seguir juntos, porque es más fácil mentirse que decir vamos cada uno por nuestro camino!

La tercera verdad que vuelve a ser mentira, es que a los políticos lo único que les interesa es conservar el poder. Es una palabra mística el poder. En torno al poder hay una religión con miles de seguidores que se inclinan ante ese dios que en dos sílabas reúne los deseos del hombre; sobresalir de la masa, pero no para conseguir el bien común. No, eso es democracia altruista, no interesa, el único deseo es lograr el poder. Es más erótico el poder que el dinero, aunque, si se tiene poder, el dinero es una consecuencia lógica, raramente el poder es limpio y desinteresado. Y finalmente, en este mundo que nos rodea, todo se envuelve en el pegajoso papel de la corrupción. Cada vez es más raro encontrar un político no corrupto. Un político que no se manche, aunque se ponga guantes.

He leído el libro de Paul Preston sobre la historia de España, y aunque algunos digan que es un Hola de sociedad, a mi me ha servido para entender algo más de este país. La historia es igual ahora que hace doscientos años. Promesas, mentiras, poder y corrupción. En los cientos de paginas del voluminoso ensayo, sólo he encontrado un hombre que me ha parecido (no soy ninguna experta) honrado y que no buscaba su propio bien, es Antonio Canalejas. Posiblemente usted no recuerda, si no mira en internet, quién era ese personaje al que tristemente asesinaron en Madrid delante de una librería. A saber, qué libro iba a comprar de los que se exhibían en el escaparate. Nos quedamos con la incógnita. Fue un crimen político más. La historia pasó página de este presidente republicano que aceptó la monarquía, como un idealista trasnochado. Pensaba democratizar la monarquía de Alfonso XIII. A pesar de estas líneas tan pesimistas sobre los políticos, siempre hay excepciones.

El estigma catalán

Ser republicano es una opción digna, aunque los catalanes no parecen adaptarse a la actual realidad monárquica. El problema empezó en el siglo XVIII y sigue una trayectoria histórica que nadie sabe, ni los propios políticos catalanes, cómo puede solucionarse. Mariano Rajoy afirmó serenamente que el problema catalán tenía quinientos años de historia. Quim Torra dice que “cada día me siento más llevado hacia la ribera de la intransigencia más salvaje”.

Volvemos a tener elecciones. Los vascos y los gallegos en abril y los catalanes no sabemos cuando. Depende de esa intransigencia del Sr. Torra.

El presiden -según sus propios compañeros-, es gris, monótono, tímido; aunque no se pone rojo al decir que odia el castellano. “Si nadie tiene dos cabezas -pontifica- los países tampoco pueden tener dos lenguas”. También asegura tener un continuo dolor de cabeza. “Querer ser español es consustancial a vivir en un dolor de cabeza permanente. Yo no quiero sufrir migrañas. He decidido acabar con el tormento de ser catalán, es muy sencillo, todo pasa por separase personalmente de España. Si lo haces, no es que mires al otro lado, es que te has colocado en el otro lado”.

Me parece un deseo frustrante. Quizás los políticos catalanes tendrían que salir de la cárcel –aunque los jueces tienen la palabra-para normalizar la situación, pero me cuesta admitir que el Sr. Torra esté dando los pasos oportunos. Un anónimo miembro del Govern decía a hace unos días: “No tenemos líder, solo la obsesionada independencia, y persiguiendo esta ilusión, la broma es que en dos años no hemos conseguido nada”.  Quizás por eso, ahora necesiten un conseguidor en Cataluña.

Un mediador para dialogar

La entrevista entre el presidente del Gobierno y Quim Torra ha debido de ser la historia que nunca ocurrió, porque Quim Torra (con la voz en la oscuridad de Puigdemont) ha declarado la necesidad de incorporar a la mesa de negociación la figura de un relator o mediador internacional. “La mejor manera de avanzar -dice el político fugado- en la negociación, es que nos pongamos de acuerdo en la figura del relator, la experiencia nos aconseja que aquello que defendimos ante el Gobierno (se refiere la anterior prueba en 2017 con Rajoy) y no aceptó, lo mantengamos, porque será lo más útil si se quiere llegar a acuerdos y despertarlos”.

Desde nuestra tierra, podemos volver a ofrecer al lehendakari Urkullu. Pero a estas alturas no sé qué pedirán.

La historia sigue. Ahora hay que buscar un mediador al gusto catalán. Mientras la ministra Carmen Calvo dice que dialogar sabe todo el mundo, Eva Granados, portavoz de PSV, asegura que no hace falta ningún mediador. “Cuando nos sentamos en una mesa dos gobiernos, se parte de la base de que hay un reconocimiento entre un gobierno central y un gobierno de comunidad autónoma, ya que ni es necesario, en ningún caso, la figura del mediador”.

Necesitamos un borrador de memoria para empezar de cero. Sin llegar a los extremos de Steve Jobs, necesitamos sabia fresca para la primavera. Steve en sus últimos minutos decía: “La muerte es el mejor momento de la vida porque lo que nos espera es todo nuevo”.

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