…y te seguiré hablando

Desde que te has ido, he empezado a hablarte con los ojos nublados por la pena y la sensación cierta de que sigues en cada calle de Bilbao.

“Tengo mi propia versión del optimismo –decía Tagore-. Si no puedo cruzar una puerta, cruzaré otra, otra y otra o haré otra puerta. Algo maravilloso vendrá, no importa lo oscuro que esté el presente”. ¡Qué quieres que te diga, alcalde, si ya estás en la luz! Pues que quiero aprender de tu optimismo. Te has ido, pero nunca has dado pena. Fuiste genial siempre. Sabias que la dama del alba -esa muerte que te había llamado de frente y sin esconderse- te iba a llevar pronto. La esperaste con la sonrisa tranquila de un aventurero valiente.

No hago literatura. Desde que te has ido, he empezado a hablarte con los ojos nublados por la pena y la sensación cierta de que sigues en cada calle de Bilbao.

Tú sabes, creo que te lo dije algún día, que Tagore era mi poeta de cabecera. Aprendí con él a expresar los sentimientos en letras y ahora, en este ahora que tú escuchas desde el más allá, siento que sus palabras dicen mejor que yo lo que quisiera expresar en unas líneas. “La verdadera amistad –escribía- es como la luz de un fósforo, resplandece mejor cuando todo ha oscurecido”. Quizás, por eso, en este día recuerdo que fuiste mi amigo, que leíste –con todo el trabajo que tenías- mi novela, “La mujer de las nueve lunas”, y la presentaste en la Feria del Libro. Tu exposición tuvo la dignidad y elegancia de un intelectual sabio. No hubo elogios gratuitos ni frases rimbombantes para resaltar la importancia del presentador. Con la moderación de un buen lector, demostraste a todos que habías estudiado el tema y no pensabas hacer un discurso sencillo para cubrir el acto. Creo que dibujaste en el aire un murmullo de sorpresa. Comprendías, más allá de las palabras, a todos los personajes que entraban y salían de las páginas. ¡Qué honor tenerte a mi lado!

Nunca supe cómo agradecerte aquel día. Te envié nueve rosas y más veces multipliqué por nueve las flores. Ahora, mientras las lunas giran cerca de ti, pienso como mi poeta bengalí que cuando mi voz calle –tu voz-  con la muerte, mi corazón te seguirá hablando. Y, mira por donde, alcalde, te escucho ya.

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