Y tú, más

Los aconteceres cotidianos son tan terribles y constantes, que no tengo tiempo de estar al día.

Pues verán, he estado unos días en Málaga y he llegado a una conclusión: el Sur y el Norte se parecen poco. Nos falta –para nuestro dolor- la despreocupación. El saber vivir al margen del día a día y separar la vida familiar del engranaje político. Algo sumamente difícil, por no decir imposible, en nuestra tierra.

Hasta aquí, una realidad. Los periódicos se leen, pero sin más. Nadie parece preocupado por los aconteceres eclesiásticos. Y de la política nacional, qué quieren que les diga… Lo mismo. En las tertulias de sobremesa salen Rajoy y la trama Gürtel como un mal irremediable. Ante esta especie de desazón colectiva que parece tapar con niebla la realidad, parecen seguros, que la corrupción se cubre tan a gran escala que ahora, los culpables, con cara de total ingenuidad y sacudiéndose el sambenito de encima, se dedican a investigar afanosamente a sus contrarios para decir sin ningún rubor: Y tú, más.

Ya nadie se corta, en vez de justificar la inocencia, lo que se pretende es demostrar la culpabilidad del contrario. El tú más es la palabra mágica. Hay que ensuciar todo, emborronarlo todo, pisotearlo todo, y después, en un alarde de más difícil todavía, poner ese todo a los pies de esta Justicia que debe ser el hazmerreir de Europa.

Los aconteceres cotidianos son tan terribles y constantes, que no tengo tiempo de estar al día. La actualidad me sobrepasa y angustia. Quiero seguirla y me pierdo. Tengo miedo de abrir el periódico porque igual encuentro mi nombre mezclado con un extraño vudú que me implica en una trama real, o quizás -¡cualquiera se fía!- me han escuchado desde Barcelona que yo no soy monárquica y que me tienen harta las infantas y reyes de Europa. En fin, el miedo es libre y empiezo a cuestionarme hasta dónde llega mi libertad y empieza la del vecino. En estas meditaciones me encontraba cuando, felizmente, después de ser consciente de la dificultad de unir el placer -ver lo que me de la gana, leer la revista que me apetezca y optar por un concurso televisivo- con el deber de leer los periódicos, seguir los telediarios veinticuatro horas al día, anoche elegí libremente –quizás para auto compadecerme- leer el libro de mi amigo Francisco Gavilán “Nadie es perfecto” con el subtítulo “Conócete a ti mismo y sácale partido a tus defectos” (editorial Zenith). Genial. En trescientas deliciosas páginas de un humor con continúa sonrisa en los labios, Gavilán, escritor y psicólogo, en su manual de autoayuda (nada que ver con “Consiga ser orador en tres días”, “Sea la más guapa de la fiesta en una hora”, “Adelgace en una semana con el método T”) destripa los entresijos de la sociedad que vivimos con la sencillez cotidiana de la naturalidad. Cuando uno se siente triste –como yo y posiblemente usted al no llegar a todo lo que desea-, enojado, rabioso, amenazado o simplemente contrariado por alguna adversidad, en nuestro cerebro se inicia una serie de cambios que actúan en el sistema nervioso. “Como consecuencia de ello, entre otros síntomas – dice Gavilán- se eleva la presión sanguínea, el corazón late más rápido, y el intestino se contrae. Aunque el cuerpo envía señales de su malestar, el analfabeto emocional no es demasiado consciente de lo que le está pasando”. Consejo del psicólogo: “La lluvia y las lágrimas son las corrientes que lavan la mugre de la vida”. A llorar se ha dicho, aunque no hay que obsesionarse, “ser feliz parece haberse convertido hoy casi en una obligación (…), pero la felicidad no consiste en desear cosas, sino en no necesitarlas, porque eso es lo que nos hace felices”. Francisco Gavilán tiene una buena fórmula –me encanta, debo reconocerlo- “soñar despierto, como meditar, permite que tu mente se tome un respiro”.

Viendo al señor Luis Bárcenas con el dedo levantado he pensado, otra vez, como asegura mi amigo Gavilán, que “la ira es una respuesta natural a la amenaza que puede permitir defenderse cuando somos atacados”. A este señor es estupendo responderle con el mismo gesto y un tú más. “La codicia, como todos los defectos, tiene mala reputación. En la política actual hay un nuevo mantra que se repite con musicalidad oriental: Y tú más, y tú más, y tú más. Nadie se libra –espero que nosotros, usted que lee y yo, sí- de ese rumor que asola el panorama político.

Los sobres, sobornos y sobresueldos se multiplican, y el tú más empapa con torrencialidad de tormenta, no con sirimiri, el espectro político. Y tú más, y tú más y tú más… se oye detrás, como el rumor de un mantra. Y tú más y tú más. El rumor salta a la prensa. Dolores de Cospedal acude a los juzgados en defensa de su honor. Y buscando el honor perdido están en el aire Rajoy, Arenas, Rodrigo Rato, Ángel Acebes, Jaime Mayor Oreja, Federico Trillo. Y tú más y tú más. La TV e internet se hacen eco cada día. El dirigente del PP, Javier Arenas, insiste ante esta negrura colectiva que “no hay nada oscuro”. Y sigue el tú más. Nos hemos quedado a ciegas. Tampoco parecen trasparentes las historias de Urdangarin. Continúa el Tú más que impide el paso de la luz. La ceguera alcanza cotas altísimas. Hasta la infanta Cristina se ha quedado sin vista. Y tú más. Ya es imposible llegar más alto. Estamos a las puertas del palacio real: Su Majestad el Rey. El inquilino de la Zarzuela tiene el mágico antifaz del caballero enmascarado que se convierte en invisible. No ve ni entiende nada.

Ya no hay más. Todos critican a todos y todos se espían a todos. Por un decir, de paso, solo de paso, que en Barcelona tres directivos de Método 3, teniendo al CNI (Centro Nacional de Inteligencia) como cliente, pretenden aclarar una espinosa situación política espiando a los comensales del restaurante “La Camarga”. Y es que lo que está pasando en Cataluña “no es normal. Hay una serie de hechos extraños”, asegura Josep Antoni Duran i Lleida, una “guerra sucia” contra CIU. ¡Qué quieren que les diga! Lucifer nos acecha. El PSOE acusa al Presidente del Gobierno “es muy peligroso –dice- pactar con el diablo”. El Papa –al fin va a ser que es bueno- confiesa que el humo de Satanás ha entrado en la casa de Dios. Mientras, un cocinero asturiano, en vez de echar sal a la comida, prefería rociarla con veneno.

¡Qué miedo! Como escribe mi querido Gavilán, “nadie es perfecto ¡a menos que se convierta en un mayordomo inglés!”.

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