Las cavilaciones de Pedro Sánchez el viernes

Sí, no, sí, no, sí, no. Terminó de deshojar una margarita y comenzó otra. De nuevo sí, no, sí, no. Cogió una tercera y otra y otra.  Al final, el prado donde estaba sentado -su escaño del Congreso- se había quedado lleno de menudos pétalos blancos y pompones amarillos rotos, como mimosas desperdigadas fuera de estación. Ya no recordaba por qué pétalo había empezado. Cerró los ojos y se levantó. Nada. Nada había servido para solucionar el problema -¿realmente había querido solucionarlo?-. Sonrió al entrar en el coche. “Exploraré otras situaciones”- se dijo. Tenía claro, clarísimo, que quería ser presidente, quería ser el gran girasol que, aunque tenga que girar a un lado y a otro, es la margarita más grande que existe. Una pena, amarilla. El color amarillo le había quitado más de una noche de sueño. En el duermevela, ese estado en que no se está ni dormido ni despierto, había pensado que quizás, más adelante, podría convocar elecciones catalanas. La verdad es que no sabía cuándo. Le pasó igual que con la margarita. Mientras el coche iba por la Carrera de San Jerónimo, recapacitó. Cada día la vida seguía dándole una sorpresa nueva. Pablo Iglesias no aceptó ninguna de sus propuestas, igual que con su historia de la margarita, no terminó de decidirse. Quería más, mucho más. “Pero nosotros -meditaba el presidente en funciones- intentamos en serio un gobierno de coalición y Unidas Podemos lo cerró. No nos queda vía en esa negociación”. Pablo Iglesias se había equivocado. Ni con fiebre alta hubiera imaginado hace cinco años haber dudado ante una situación semejante. Los ministerios que...

Estamos paseando por las nubes y lo que necesitamos es pisar el suelo para conseguir un amplio acuerdo político que recoja las reivindicaciones y principales preocupaciones de la mayoría de los votantes. 

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