Zinconato, la gallina roja y el conejo blanco

…la presencia de la fuerza de la costumbre aplaca la sorpresa.

Mi amigo Zinconato vive en la tierra del infinito bajo una casa sin tejado. El azul del cielo es su techo, las montañas y las rocas sus  muros. Todo lo que le ocurre a Zinconato es especial y único. Su última aventura está protagonizada por un conejo. Hace unos días llegó hasta su caserío una mujer con su hija. La niña llevaba en un cesto un conejo.

-Verás, Zinconato –dijo la madre-, por Navidad la niña quería que le regalara un conejito. Y el Olentzero le trajo un conejo chiquitito y blanco con los ojos rojos. Pero tenemos un problema, el animal ha crecido y ya no lo podemos tener en casa. Le da mucha pena separarse de él, y yo le he dicho que podíamos traerlo a tu corral.

-Pues déjalo aquí.

Así, abandonó el cesto y se puso a saltar entre los demás animales. Patos, pavos, gallinas y hasta un cuervo que cada cuatro días aparece.

-Viene a visitarme. El cuervo es mi amigo. Le curé una pata rota, le puse una tablilla y, cuando estuvo bien cicatrizada la herida, le eché a volar. Se fue, pero regresa cada cuatro días a verme.

-¿Y el conejo?

-Pues el conejo está enamorado de una gallina.

Como dice Zinconato, los animales, igual que las personas, van dónde les dan cariño, y la sexualidad –siguen siendo los comentarios de mi amigo- no existe.

El conejo blanco empezó a acompañar a una gallina roja. Una gallina sin aparentes dotes de seducción pero que se convirtió, por obra y magia del amor, en amante del conejo.

-Y hacen el amor –me cuenta mi amigo- y se persiguen dentro y fuera del corral, como novios adolescentes.

La lluvia, las tormentas y la nieve les han tenido felices cobijados uno junto al otro en estos días fríos.

-Hay un gallo –continúa Zinconato- que tiene locas a todas las gallinas, especialmente a las jóvenes pollitas, pero para la gallina roja no hay gallo que desbanque a su amoroso conejo blanco.

Pronto será primavera y las gallinas ponen huevos, algunas sus primeros huevos, los empollan y… Sorpresa. ¿Qué pasará con la descendencia del conejo blanco y la gallina roja? La genética puede dar un susto a la naturaleza. Nada es previsible.

-Una vez me salió un pollito con pico de milano. Los animales –dice mi amigo- no están contaminados por la disciplina. Si yo me presentara a unas elecciones me votarían los pájaros, la tormenta, la lluvia, el sol y la luna.

Como pueden ustedes figurarse, Zinconato es como las alas de un árbol. Vive con las raíces en su tierra y los brazos se escapan al cielo. Es un vivir sin vivir en si, como el de Santa Teresa. La gripe ha pasado por su casa, pero se ha asustado. A mi amigo el médico le recetó unos polvos de naranja para disolverse en agua y Zinconato cambió el agua por vino. Al día siguiente no había fiebre ni gripe. Todos los virus se fueron por la ventana escandalizados de la mezcla explosiva que los había atacado sin piedad.

Mi amigo es un ser especial, un artista que transciende a todo lo establecido. No le gusta que le llame artista.

– No soy artista, soy la continuación de otros que vivieron antes que yo, como el viento, el agua… Sigfrido.

Juntos nos hemos acordado de Sigfrido Koch, un amigo del alma que se fue entre la niebla hermosa de sus fotografías. Nunca fue tan bello Euskadi como detrás del objetivo de Sigfrido. Un día, nuestro común amigo llegó a casa de Zinconato. “Abre una botella –le dijo- quiero emborracharme. He estado a punto de suicidarme mientras venia a verte. Tengo cáncer”. Y a los quince días murió. Se nos llenan los ojos de lágrimas. Cómo estamos hablando por teléfono, ninguno de los dos dice que está llorando.

– En la mesilla de mi dormitorio tengo una rosa.

Le cuento a mi amigo que me gusta despertarme mirándola y dormir con ella junto a mí. Es la compañía secreta de la belleza que descansa conmigo en silencio. Cuando se marchita me compro otra y vuelve a ocupar el mismo lugar. Algo tiene el sencillo nombre de la rosa que puede evocar fantasía y hasta novelas. Cuando leí el libro de Humberto Eco parte de la intriga era buscar qué quería decir el nombre de la rosa. Y la rosa no tenía más significado que ella misma. Una rosa.

Cuido a mi rosa y no quiere irse.

– Las personas, las flores y los animales –me dicen Zinconato- sólo quieren cariño, por eso se quedan el conejo, la gallina y vuelve el cuervo.

Febrero se termina. He comprado en el mercado mimosas. Como todos los años por estas fechas, las mimosas duran un suspiro. En ese escaso tiempo llenan de olor el campo y el viento desparrama el aroma como una brisa feliz. Con un ramo que siempre queda desperdigado en el jarrón, se perfuma la casa. Las mimosas permanecen bonitas hasta que se secan y las diminutas flores amarillas quedan en el suelo como lágrimas tristes.

-Las cigüeñas han vuelto a anidar en el campanario.

En Alfaro, un pueblo precioso de La Rioja, hay tantas cigüeñas que los vecinos del pueblo se han acostumbrado a mirar al cielo continuamente por si acaso. Las cigüeñas se han adueñado de los campanarios, de las torres de las casonas, y las más arriesgadas, hasta de algunos postes de la luz. ¿Cómo hacen sus nidos? Es un misterio. Si pretendemos hurgar en su trabajo, el nido, que pesa un montón de kilos, puede caer y organizar un estropicio.

Para un visitante ver tantas cigüeñas es un espectáculo precioso. El pueblo, como en un cuento, tiene el sonido del murmullo de las cigüeñas y, si no lo oyen, piensan que se ha perdido la identidad del pueblo o que San Blas ha pasado de largo y no se acerca la primavera. Alfaro necesita la presencia de las cigüeñas. Hay un misterio en esa presencia y en los sonidos.

-Vivimos rodeados de paisajes cotidianos y ruidos amigos. El corral, lo sabes, es la continuación de mi casa y los animales son los reyes. Imagínate que cuando gano un concurso agrícola por la belleza de los gallos, el trofeo se lo pongo a ellos en una estantería que he hecho en el corral para galardones de ferias.

– Es un misterio la compañía del paisaje –le digo-. A mi no me sorprende ver la ría continuamente delante de mi casa. Es mi paisaje diario, pero si alguien viene a mi balcón se queda sin aliento. “Esto es fascinante”. Y lo es, pero la presencia de la fuerza de la costumbre aplaca la sorpresa. Seguro que Stendhal, si viera continuamente Florencia, no caminaría con la boca abierta sorprendido por la belleza en cada esquina.

Nos despedimos hasta la primavera. Una primavera que para Zinconato tendrá un nueva sorpresa. Los amores de la gallina roja y el conejo blanco.

 

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