Ahora no jugar con bombas

Pues, verá, creía que definitivamente la violencia se había ido en el silencio del olvido. Cuando ETA dejó las armas, tomamos champán, reímos, descansamos y fuimos felices. La paz nos rodeó, como una novia, con su tul blanco, y una amplia sonrisa iluminó el cielo y la tierra de Euskadi. En nuestra tierra, el separatismo se vivió – y se vive- puertas a dentro de las casas y de las calles. Siempre fue un sentimiento secreto que los recios vascos no quisieron mezclar con la violencia, no era -ni es- una acción vergonzosa. Cataluña, hermana en mil historias semejantes, ha sorprendido, como una loba perdida en tierra de nadie. Cierto que no veo bien que políticos catalanes estén encarcelados mientras su líder pasea su melena por Europa, viviendo en una especie de castillo napoleónico que suena a derrota. Puigdemont insiste en ser un líder del exilio. Un exiliado vergonzoso, porque si hubiera sido un catalán valiente estaría con sus compañeros en la cárcel. Este es otro cuento. Para los empresarios separatistas “Puigdemont huyó para evitar que le lincharan los suyos por traidor”. Y de pronto, cuando hay una espera anhelante para los encarcelados -una sentencia que dibuja muchos interrogantes- unos insensatos quieren imponer su violencia particular para revindicar -revindicar qué- este preámbulo ingrato de la inocencia de los procesados. No sé lo que vuela dentro de la cabeza de algunos catalanes que se aferran a posturas absurdas, revindicando libertades. El pasado lunes la Audiencia Nacional detuvo, acusados de terrorismo y tenencia de explosivos, a nueve miembros de los Comités de Defensa de la Republica (CDR). Para el presidente de...

¡SI EN MI NOMBRE!

En el año 2005 publiqué un artículo que titulé “¡No en mi nombre!”. Lo copio para que quede clara mi postura entonces y ahora, porque no he cambiado. “No te inquietes, me digo al levantarme. La paciencia es una virtud y tiene su recompensa. Serénate, me repito al acostarme por la noche. Mira lo positivo de la vida, la buena voluntad de los hombres, y… al fin, como no soy santa, ni una mujer que desea dejar huella por su comportamiento, me rebelo, me enfado y siento unas enormes ganas de patear como los niños pequeños. No puedo resignarme al silencio. La resignación –decía Balzac- es un suicidio cotidiano y yo no quiero morirme ahora. Estoy harta del victimismo de algunas víctimas del terrorismo. Estoy aburrida de este telón de fondo lleno de lágrimas que utiliza algún partido político para rentabilizar su incoherencia. No se puede manejar el dolor como un slogan publicitario. No se puede levantar a casi un millón de personar para enrabietarse juntos y utilizar a los otros –a mí, por ejemplo- para unos propósitos poco limpios. No en mi nombre. Tú, un señor de Madrid, una señora de Guadalajara, un joven de Andalucía –me da igual el lugar que sea-, tú no puedes abanderar mi pena. Tú, que no tienes ni idea de lo que es tener entre las manos un ser querido ensangrentado, tú, no puedes ir en mi nombre. Tú, que pretendes que todo siga igual, no eres quién para representarme. No en mi nombre. No en el nombre de mis hijos que perdieron a su padre. No, no, y no en mi...

Dicen que hay un placer en la locura que sólo el loco conoce.

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El camino hasta el colegio electoral nos lo sabemos a ciegas. 

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Estamos todos temblando en el aire y no tenemos ni idea de quién es el amigo, el enemigo o el futuro santo.

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