Leonardo

Érase una vez un matrimonio con tres hijos. El cabeza de familia, Pepito Pérez, por ejemplo, después de pensarlo mucho, decidió que su corazón y sentimientos eran de mujer y pidió el cambio se sexo. Por mandamiento judicial tuvo que vivir dos años con su mujer, y los niños aceptar que, por arte de magia, tenían dos mamás. Pasó el tiempo y el cabeza de familia Trans se marchó de casa. Y entonces vinieron los problemas. La esposa descubrió que ella era lesbiana y le gustaban las damas. La verdad, y lo siento, es que no sé el final de esta historia realmente complicada. Desde el dial 29 de junio, el gobierno ha aprobado el anteproyecto de la polémica ley Trans que ha enfrentado al ejecutivo durante meses. En la nueva ley se aprueba el cambio de sexo y nombre en el Registro civil. Esta primera ley del ministerio de Irene Montero asegura que “estamos ante un día histórico, tras más de 15 años sin avances legislativos en esta materia”. Pues, verá, este cambio de sexo se puede hacer sin pruebas ni informes médicos. Además, no será necesario hormonarse. La edad fijada para ejercer estos derechos es los 14 años, pero desde los 12 el niño o la niña puede empezar a comunicar su deseo de cambiar las faldas por el pantalón sin que resulte un escándalo. La ley prevé que pueda haber un cambio de deseos del niño-a Trans. Esta eventualidad está prevista, y hay posibilidad de reversibilidad por un espacio de seis meses, que facilita el poder volver al género original. Me pregunto si con tan corta...

Por si acaso

He ido de compras a Bilbao. Como una posesa de un pueblo perdido, he adquirido hasta pasta de dientes, cuando la del súper es más barata. Me ha entrado una voluntad de compra, una lujuria tan intensa y descontrolada que hasta me he venido con dos rollos de papel de regalo. Como pueden figurarse, entrar en el metro ha sido una odisea porque, además, estos días me siento insegura y a veces llevo bastón. Felizmente no me he dedicado a rebajas porque me tendría que haber vuelto en taxi. En cada tienda que entraba me pitaba la alarma y, como una pordiosera ladrona, he tenido que depositar mis insustanciales compras, en el mostrador de la caja. El encargado iba y venía con mi bolsa y seguía pitando. Al fin -después de un mal rato- he recordado el gran descubrimiento: ayer me compré un billetero y a la dependienta se le había olvidado quitar la alarma. Con las miradas de todos los clientes, he podido salir con mi dignidad dañada. Por fin en casa, derrengada, veo una revista de moda (también es una de mis compras y la más gorda del kiosko), disfruto envidiosa de playas con palmeras, aguas turquesas transparentes, papagayos y tortugas gigantes. Me quedo imaginando esos sitios que nunca iré este año y vuelvo a la realidad. Pasando de hoja encuentro un anuncio. “Imprescindible en tu bolso” -dice una chica monísima-, y veo un pequeño neceser con una laca y un peine rosa. En la siguiente página hay una mini plancha de pelo divina de color rojo que tiene la particularidad de no necesitar cables y ser...

Olite

Mi recuerdo de Olite era claro. Había ido numerosas veces con mi abuela Victoria, la esposa de mi abuelo Daniel, al que no conocí. Murió joven, un año antes de nacer yo. Me veo en la vendimia con 3 o 4 años (me dicen que es imposible siendo tan pequeña) pero yo estoy subida en un carro lleno de uva y miles de mosquitos alrededor que nos picaban con saña. Después, mi recuerdo va a los trece años. Íbamos cada verano a Olite a casa de mis tíos – primos de mi abuelo- Asunción, Consuelo y Paco Y Gregorio que siempre llevaba una boina roja. Recuerdo una casa antigua y una habitación preciosa con las paredes forradas de seda amarilla, sillas doradas y un piano, una casa preciosa. MI imaginación me llevaba a bailes cortesanos con vestidos largos y música de Sarasate. En el siguiente periodo yo tenía 13 años y con las tías íbamos a San Fermín. Adquirían una barrera, veíamos el encierro como marquesas en primera fila. Por la tarde íbamos al teatro Gayarre. Las tías, para que la taquillera les diera buenas entradas, le decían que en septiembre le iban a llevar un cestico con uvas. Supuestamente teníamos los mejores sitios. Vimos “La educación de los padres” de Paco Martínez Soria. Y veíamos “La educación de los Padres” de Paco Martínez Soria. Las tías se tiraban al suelo de risa, la abuela más discreta sonreía. Por la noche dormíamos en la casa parroquial del tío Juanito- hermano de las tías y que era cura de la iglesia de la Inmaculada en Pamplona. Solíamos estar unos tres...

Conde de Barcelona

Pues, verá, a mí el rey me da igual y la reina -con c o con z- lo mismo. Pero, la mala educación me molesta y no saludar con el debido respeto al jefe de estado está mal, aquí y en la luna. No sé qué hubiera pasado en Inglaterra si su majestad recibiera semejantes desplantes. En fin, como decía aquel, allá su conciencia, aunque la dignidad no está reñida con la ideología. A Felipe VI le trataron como a un repartidor de supermercado. Con estas historias cotidianas me he acordado de la magnifica serie The Crown; la vida y milagros de la corte británica nos ha tenido a todos embobados. Creo que la casa real española también daría juego en un culebrón televisivo. Aquí hay de todo, buenos, malos, mediocres y menos mediocres. Desde que Franco convirtió el país en monárquico de nuevo, por su graciosa gana, volvimos a tener coronas, armiños y terciopelos, cenas de gala y numerosos actos con protocolo intocable. Lo de intocable es un decir. Hace años -no tantos- este artículo no podría haberlo escrito porque no se podía opinar sobre sus majestades. El tiempo vuelve al cauce la normalidad y esta corte es, como todas las cortes, un añadido que sobra, pero el conjunto es digno de un gran serial. Don Felipe quiere volver a ser -en realidad lo es- conde de Barcelona, como su abuelo don Juan, el más inteligente de la familia (por ser más espabilado, el generalísimo se lo quitó de en medio sin que le temblara la mano). Así, de pronto nos encontramos con un palacio, unos nobles y...

Sin cartas ni números romanos

Escribir con pluma es permanecer. Las letras del ordenador se borran con un movimiento del dedo, pero la tinta se fija al papel. Es un siempre con una nota de eternidad. Queda lo que se puede tocar, acariciar, sentir. Con el tiempo vas viendo como el pulso tiembla y las letras se parecen -aún más endebles- a las que aprendimos cuándo éramos niños. Dibujábamos la O, la A y la E siguiendo las líneas nubladas de la letra maestra que íbamos copiando con nuestro lápiz encima. Recuerdo ser mayor el día que tuve un tintero de loza blanca adosada al pupitre. La monja, cuando se terminaba la tinta de color morado, nos lo volvía a rellenar. Mi padre guardaba las libretas de caligrafía de mi madre. Eran unos cuadros preciosos. El principio de todo lo que escribo tiene que empezar en un cuaderno o en un folio blanco. Cada mañana siento cómo mis manos van perdiendo la firmeza sobre el papel, pero sigue embrujándome ese instante de desenroscar la pluma y ver lo que quiero decir en un papel sin estrenar. Me da igual que sea rayado, cuadriculado o milimetrado. Después me atrapa la tecnología y sigo tecleando las letras en el ordenador, casi avergonzada, porque los libros más bonitos que hemos leído en nuestra vida se escribieron a mano. Pienso en Cumbre borrascosas, Emily Bronte escondía debajo de la cama sus cuadernos. Una mujer no podía perder el tiempo con historias irreales. Todo cambia. Hoy es difícil imaginar la vida sin ordenadores ni móviles. Cierto que nos gustaría cambiar unas líneas de wasap por letras reales escritas en...

Además del covid

Guillermo, mi sobrino, se ha ido al más allá con 41 años. El bicho que le ha comido la vida se llama cáncer. Se ha tragado lentamente hasta la última partícula de su cuerpo. No se quejó nunca. Había vivido a tope, como mi hermano Jesús que se fue con un quad al cielo, unos días después de cumplir 50 años. Abrazado a su hija Leila, la princesa del espacio, y a su mujer. Era de madrugada. Su presencia se quedará con toda la familia y un montón de amigos que hemos arropado con amor su adiós. No se pueda hacer poesía de la muerte, aunque a mí, para despistar, me guste llamarla la dama del alba. Pablo D´Ors -filósofo y sacerdote- dice que nos da miedo morir porque no hemos vivido en plenitud. Guillermo ha vivido la plenitud de sus cuarenta años, una etapa donde normalmente empieza la madurez. Leila está en paz. No sabe que se ha quedado huérfana con once meses. Sé que su padre le sostendrá los bracitos para dar sus primeros pasos, porque todos nos hemos quedado desorientados. Karmele, su madre, Miriam, su hermana…Desolador. Mi nieta Carola es casi igual que Leila. Ninguna de las dos ha cumplido un año.   *La primera Navidad de Carola La sangre sevillana de Ángela y la vasca de mi hijo Dani han hecho a Carola preciosa. En estos meses pasados, mientras la esperábamos, creía que, con ese nombre saleroso, el bebé iba a nacer con un par de claveles rojos plantados en la cabeza. Pues verá, claveles reventones no tuvo, pero si unos ojos azules preciosos. La primera...

Patria

Entre las primeras noticias -ajenas al coronavirus- leo que se va a estrenar Patria, la novela que le hizo famoso a Fernando Aramburu. La veré, como leí el libro, aunque entre líneas había demasiado rencor y ausencia de perdón. Cada uno de nosotros tiene su patria que no coincide con las otras patrias de los demás. Por la ventana veo tejados y al fondo adivino el mar. He estrenado despacho nuevo y con el despacho una nueva vida que me resulta extraña, como si no fuera mía. Parece que se me ha olvidado escribir y las teclas perezosas se mueven despacio y sin obedecer a mi cabeza, es porque mi cabeza está llena de huecos que no he sabido llenar en tantos años. No es tarde. Quiero pasar página, pero mis dedos se enredan incapaces de dar el giro necesario. Alguien decía que si no puedes pasar página empieza otro libro. No sé que libro elegir. La intuición me dice que he de reescribir el libro antiguo, releerlo y luego dejarlo olvidado en una balda de la biblioteca. Mi Patria. Quiero hacerlo, pero me cuesta. Esta es la séptima versión que hago de la misma historia. Ya no la voy a continuar. Es un día cualquiera de septiembre, sin premoniciones, ni recuerdos. Es nuevo y, aunque está amaneciendo, cada segundo es eternamente distinto al anterior. Un día de este extraño 2020. Tiempo del recuerdo. Escucho la Sinfonía del Nuevo Mundo, el primer concierto que asistí en mi vida. Un recuerdo musical que se queda vagando en mi pensamiento; estaba quieto, acurrucado como un niño pequeño, asustado. Lo he despertado...