Conde de Barcelona

Conde de Barcelona

Pues, verá, a mí el rey me da igual y la reina -con c o con z- lo mismo. Pero, la mala educación me molesta y no saludar con el debido respeto al jefe de estado está mal, aquí y en la luna. No sé qué hubiera pasado en Inglaterra si su majestad recibiera semejantes desplantes. En fin, como decía aquel, allá su conciencia, aunque la dignidad no está reñida con la ideología. A Felipe VI le trataron como a un repartidor de supermercado. Con estas historias cotidianas me he acordado de la magnifica serie The Crown; la vida y milagros de la corte británica nos ha tenido a todos embobados. Creo que la casa real española también daría juego en un culebrón televisivo. Aquí hay de todo, buenos, malos, mediocres y menos mediocres. Desde que Franco convirtió el país en monárquico de nuevo, por su graciosa gana, volvimos a tener coronas, armiños y terciopelos, cenas de gala y numerosos actos con protocolo intocable. Lo de intocable es un decir. Hace años -no tantos- este artículo no podría haberlo escrito porque no se podía opinar sobre sus majestades. El tiempo vuelve al cauce la normalidad y esta corte es, como todas las cortes, un añadido que sobra, pero el conjunto es digno de un gran serial. Don Felipe quiere volver a ser -en realidad lo es- conde de Barcelona, como su abuelo don Juan, el más inteligente de la familia (por ser más espabilado, el generalísimo se lo quitó de en medio sin que le temblara la mano). Así, de pronto nos encontramos con un palacio, unos nobles y...

Coronavirus, Corinna y el rey

La información sobre el coronavirus es total. Se ha convertido en la música de fondo de nuestra vida. Lo sabemos todo y lo ignoramos todo. Nuestra cabeza busca porqués, recuerda películas apocalípticas. Con terror me viene a la cabeza, Inferno, aquella película, antes novela de Dan Brown, que pretendía propagar un virus por el agua para que desapareciera la mitad de la población. Ahora, Tom Hanks, protagonista de la catástrofe ficticia, se ha convertido en protagonista de la verdad del coronavirus. También está contagiado. El miedo es libre y cada uno puede fantasear a su antojo sobre la posibilidad de que detrás del coronavirus haya una mente destructora o una simple gripe. Con la idea de despejar por unos minutos el aire, les voy a contar chascarrillos y lo que le pasó a mi amiga Lucía, unos días antes de esta pandemia. En un centro comercial grande de libros y discos, donde casi todos tenemos hasta carnet, mi amiga Lucía fue a comprar una novela. Pidió que se la envolvieran para regalo. Diligentemente metió el libro en un sobre bonito y puso como cierre un anagrama del centro y lo metió en una bolsa. Por envolverlo así, le cobraban cincuenta céntimos. Lucía miró al dependiente y, con una serenidad seca, dijo que no lo quería. “Soy directora de una empresa nacional de publicidad y no estoy dispuesta a hacer publicidad gratis. Bueno gratis, no, pagando a su marca. La publicidad es muy cara. No voy contra usted, voy contra la empresa. Posiblemente, si usted me hubiera regalado el envoltorio y la bolsa para guardarlo, me hubiera callado, pero así...

Y ¿si Franco aparece por el Golfo de Vizcaya?

He meditado profundamente en los avatares que nos regala la historia. Usted sabe, como yo, que Franco era un dictador. Su mentalidad fascista, consiguió contaminar a la corona española. Como él era el dueño del cielo y de la tierra y todo lo creado, decidió que un digno sucesor de su brillante ideología (recuerde a Hitler y Mussolini, para no olvidar su patriotismo) sería un rey. Pero no un rey cualquiera, tenía que ser el rey que él – dueño del país- eligiera. Por orden sucesoria de la corona, el rey –quiero decir en línea directa- era Don Juan de Borbón, pero a Franco no le gustaba ese señor- “demasiado inteligente” pensó-, necesitaba un rey manejable como la plastilina. Y encontró a un chavalito rubito y con sonrisa bobalicona, que podía servir bastante bien a sus deseos. La verdad es que, al dictador, su esposa Sofía le parecía un poco mandona, como su madre, la reina Federica, pero ese tema ya lo arreglaría. Pero… Había más peros. El sucesor legal de la dinastía Borbón era Don Juan, pero -como Franco era Franco y después de él, sólo Dios- se cargó al padre y eligió como su sucesor al hijo. Dicho sea de paso, el hijo, Juan Calos I, tuvo unas enormes tragaderas para suplantar a su padre y, además (siempre hay unos cuantos, además), el padre estuvo obligado a jurar lealtad a su hijo, en una ceremonia que me produce sarpullido en la piel. El nuevo monarca, ejerció de jefe de estado interino, pegado continuamente al generalísimo y vestido como él, para que nadie olvidara su condición militar. Esto...