Conde de Barcelona

Conde de Barcelona

Pues, verá, a mí el rey me da igual y la reina -con c o con z- lo mismo. Pero, la mala educación me molesta y no saludar con el debido respeto al jefe de estado está mal, aquí y en la luna. No sé qué hubiera pasado en Inglaterra si su majestad recibiera semejantes desplantes. En fin, como decía aquel, allá su conciencia, aunque la dignidad no está reñida con la ideología. A Felipe VI le trataron como a un repartidor de supermercado.

Con estas historias cotidianas me he acordado de la magnifica serie The Crown; la vida y milagros de la corte británica nos ha tenido a todos embobados. Creo que la casa real española también daría juego en un culebrón televisivo. Aquí hay de todo, buenos, malos, mediocres y menos mediocres.

Desde que Franco convirtió el país en monárquico de nuevo, por su graciosa gana, volvimos a tener coronas, armiños y terciopelos, cenas de gala y numerosos actos con protocolo intocable. Lo de intocable es un decir. Hace años -no tantos- este artículo no podría haberlo escrito porque no se podía opinar sobre sus majestades. El tiempo vuelve al cauce la normalidad y esta corte es, como todas las cortes, un añadido que sobra, pero el conjunto es digno de un gran serial.

Don Felipe quiere volver a ser -en realidad lo es- conde de Barcelona, como su abuelo don Juan, el más inteligente de la familia (por ser más espabilado, el generalísimo se lo quitó de en medio sin que le temblara la mano). Así, de pronto nos encontramos con un palacio, unos nobles y una sangre azul injertada en una dinastía que tuvo un Carlos V y un Felipe II -posiblemente mi conocimiento de la historia sea regular- y este Felipe no tiene una gran trastienda como su padre. El progenitor, el abuelo de la princesa Leonor, era metepatas, tenía amantes y podía entrar en la saga de los grandes del latrocinio, pero, como fue rey, eso no se hace. Un tupido velo -aunque sea de gasa transparente- y a tomar el sol con los superricos sin tener en cuenta si adoran a Mahoma, Alá o Buda. Lo importante es que se inclinen dignamente ante el poder que sea. Su esposa, la reina madre doña Sofía, tuvo un aguante digno de la realeza. Hasta se cuestionó el título de abuela de sus nietas, delante de las cámaras de televisión. Son historias normales. Antes la mala, malísima, siempre era la madrastra, ahora vale con ser suegra.

En todas las familias hay problemas, pero, en general, a nadie le echan de su seno por mala conducta o por algún problemilla económico. Pues aquí, sí. A doña Cristina -lo de doña es muy sugestivo- la borraron (borrada, auténticamente borrada) de la familia por ser la esposa de un hombre atractivo, elegante, distinguido que lo único que hizo es tapar las oscuras cuentas de su real suegro y de paso, aprovechar un poco la coyuntura. Me da pena porque era lo más bonito del cuadro real. Amor, belleza y lujo. Siento una profunda tristeza por su hijos -por supuesto, los más guapos del elenco familiar- que han tenido que soportar las angustias de la prensa y lo de tener un padre en la cárcel, aunque ya puede dormir en casa. La única que les visitó en estos tristes momentos fue doña Sofía, la madre, que nunca se avergonzó de sus preciosos nietos rubios, tan parecidos a su progenitor. Ahora, adolescentes, no recuerdan a nada a los enfermizos borbones. Es maravilloso ver el beneficioso cambio de la sangre azul en sangre roja. Pero, todo no son éxitos en las bodas reales. La princesa Elena se equivocó con Jaime de Marichalar y lo confundió con un foulard. Mientas tuvo el marido disperso, aunque dentro del hogar conyugal, la infanta entró alguna vez -siempre hay despistes en la prensa del corazón- en la lista de las diez más elegantes del país. Ahora, como su pariente inglesa, lo único que le hace sonreír son los caballos.

Felipe VI, con su deseo de recuperar el condado de su abuelo de Barcelona, no ha dudado en presentarse en la capital catalana. Pobre, no ha recibido aplausos sino pitidos. La plebe, diría su padre, así es de desconsiderada. Pero su visita pasará a la historia igual que su firma para el indulto de los independentistas catalanes que, ya en la calle, no parece clara su buena voluntad de no volver a las andadas. La república la tienen gravada a fuego en la frente. Los ideales son inamovibles.

Sus majestades, indiferentes aparentemente, siguen apareciendo públicamente, estirados e incoherentes como siempre. La vuelta a la normalidad – ¡qué palabra más anormal! -igual nos reserva algún cambió en la dama real. Retoque de nariz, ojos más rasgados o boca perfilada. Las revistas del colorín nos tendrán al tanto de los cambios estéticos tras la pandemia. Nadie es anónimo en la real casa de la Zarzuela, donde sus majestades han tenido que jurar por todos lo santos del cielo que ellos no se vacunaron en Abu Dabi como las desvergonzadas Cristina y Elena que se saltaron los protocolos sanitarios. La realeza es tan caprichosa…El pueblo llano también, Biarritz ha sido destino de turismo sanitario, tapando la vacuna con una toalla de playa.

Fuera de la alta sociedad hay frivolidades. Isabel Díaz Ayuso, copió el look real para su toma de posesión. Un vestido rojo pasión con un ligero parecido a un modelo que lució la reina Letizia. La verdad es que resulta difícil llevar el computo de su armario ropero. Rara vez no estrena cada día un vestidito. La princesa de Madrid tenía que buscar una apariencia de corte, y así lo ha hecho. Antes muerta que sencilla.

Los, de todo tipo, comentarios siguen. José María Aznar -cada vez mueve menos los labios al hablar- se escandaliza sin que se le trastoque un músculo de la cara por el perdón de los excarcelados catalanes. El presidente, Pedro Sánchez, dice: “Queremos cerrar de una vez toda división y enfrentamiento. Es momento de volver a la política”. Al mismo tiempo Pere Aragonés, presidente de la Generalitat, asegura que los prisioneros “salen con la voluntad reforzada de construir una república. Es hora de un referéndum acordado”. Elija lo que quiera.

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