¿De qué piel es su chamarra?

¿De qué piel es su chamarra?

TENEMOS UN CHIP DISTORSIONADO. SIEMPRE SE FABRICARON GUANTES DE BECERRO, ABRIGOS DE PIEL DE CORDERO, CHAMARRAS FINAS DE CUERO, ZAPATOS, Y NO NOS PREGUNTAMOS A QUÉ ANIMAL PERTENECIÓ. TENEMOS UN CHIP DISTORSIONADO. NO LLORAMOS CUANDO NOS SIRVEN UN CHULETÓN NI HACEMOS UNA TRAGEDIA ANTE UN COCHINILLO ASADO

Agentes de la Policía Nacional en colaboración de la Policía Municipal de Madrid y el servicio CIES (Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de Fauna y Flora silvestre) encontraron en una finca de la Moraleja una extraña colección con 49 animales disecados (osos, linces, leopardos, cocodrilos y primates). Además, cuatro colmillos de elefante, cuatro colmillos de hipopótamo, dos cuernos de rinoceronte y 132 piezas talladas en marfil.

Vivían en la selva ¿Cuál es el objeto del propietario de tener en su casa animales valiosos, algunos protegidos, para evitar su extinción? Ignoro el placer que sentía viendo la quietud eterna de las fieras exóticas –aparentemente vivas– que le miraban con ojos de cristal. Crueldad, solo crueldad.

Este suceso me ha llevado a recordar la despedida de mi madre de este mundo. Los siete hermanos nos quedamos desolados. Nunca estamos preparados para ser huérfanos. Vagábamos por la casa vacía valorando con respeto los objetos que durante su vida habían convivido con el amor de mis padres, el más puro que he conocido. Éramos como siete niños huérfanos de padre y madre que nos habíamos quedado abandonados, sin ser conscientes de lo cobijados que estuvimos mientras vivían.

Los chicos se ocuparon de seleccionar muebles, cuadros, figuras y las tres hermanas entramos en la habitación de mamá. Todo estaba ordenado. Empezamos por los cajones. Había lencería que no nos servía a ninguna de las tres, menudas joyas con escaso valor, carteras que no se adaptaban a nuestro gusto, pañuelos de seda. En el último cajón, dos bolsas de tela cerradas. Las abrimos y gritamos a la vez, eran bolsos de cocodrilo con las garras autenticas. El interior estaba forrado exquisitamente; uno, en seda roja, y otro en seda azul. Nunca se los vimos usar a nuestra madre, por eso estaban sin estrenar. A las tres aquellos dos bichos nos daban miedo y fue lo primero que tiramos a la basura. Ninguna queríamos conservar esa especie de animales disecados. Meses después mi hermana Viví me llamó de Málaga para decirme que los bolsos que habíamos tirado tenían mucho valor. Nos dio igual recordar aquel día que, con mucha paz, los dejamos en la basura.

Luego llegó el turno a la ropa. Bien doblada, la metimos en paquetes para dar y, después, nos quedamos en silencio. Había dos abrigo valiosos, uno negro de astracán y otro brillante de visón que se llama de diamante negro. Los rifamos y a mí me tocó el de visón. Decían que era una joya. Lo adapté a mi talla y lo colgué en un armario de mi casa. Creo que no me lo he puesto más de cinco veces, temiendo que me insultaran los ecologistas o me tiraran botes de pintura los amantes de los animales. Viví se llevó el astracán a Málaga y la piel se estropeó por la poca necesidad de abrigos en el sur.

Conservo con cariño mi visón. No he querido quitar el nombre de mi madre que figura en el forro de seda. Los entendidos dicen que es precioso, pero cuando me lo pongo siento vergüenza, como si fuera culpable de tantos animales muertos para confeccionar aquella pieza. ¿Qué vale y qué no vale en nuestros armarios? En mi caso, sin duda, el abrigo de visón que no me lo pongo por ostentoso, pero lo guardo bien cuidado en una bolsa bonita de tela. Pienso que mis nietas no querrán heredar tal riestra de animales, aunque cundo eran pequeñas les gustaba esconderse dentro, como si fuera un edredón. Si hace frío este año me lo pondré.

Ahora que de nuevo se han puesto de moda las pieles –nunca han dejado de utilizarse en la alta costura–, veo a muchos jóvenes con pieles. Hay una pequeña diferencia cuando les digo qué bonitas, la respuesta instantánea –a veces también desolada– es «son falsas». Enmudezco y sigo guardando el auténtico visón de mi madre. Siento que desde el más allá sonreirá divertida. Mi padre se lo regaló en un viaje a Rusia y siempre la vi guapísima con el abrigo que cuelga en mi armario.

No sé dónde entramos en las equivocaciones. Sí, tiramos aquellos bolsos sin dolor. Y también un libro de Primera Comunión de nácar que debía de ser una joya y perteneció a mi abuela. Todos los hermanos lo llevamos el día de la Comunión, pero teníamos ganas de llegar a casa y devolverlo a mi madre. Aquel nácar antiguo hablaba demasiadas palabras silenciosas. El visón, no.

Pienso que nunca entenderemos el mundo y sus costumbres. Toda nuestra vida es la continuación de otra vida. Siempre se fabricaron guantes de becerro, abrigos de piel de cordero, chamarras finas de cuero, zapatos, y no nos preguntamos a qué animal perteneció. Tenemos un chip distorsionado. No lloramos cuando nos sirven un chuletón ni hacemos una tragedia ante un cochinillo asado. Este mes de San Martín, celebraremos muchas txarribodas con jolgorio. Al fin, me quedo pensativa, con una frase del mago Merlín en mi memoria: «Solo los tontos perdonan lo que no hay que perdonar».

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